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12 de septiembre de 2025 a las 15:05

Prepárate para el Big One: ¿Estamos listos?

La imponente falla de San Andrés, una cicatriz geológica que atraviesa California, se yergue como un recordatorio constante del poder indomable de la naturaleza. Su último despertar violento, en 1906, dejó una huella imborrable en la memoria colectiva, un terremoto de magnitud 7.8 que devastó San Francisco y cobró la vida de miles de personas. Aunque no cruza directamente el territorio mexicano, su influencia sísmica se extiende a través de las fallas de San Jacinto e Imperial, tejiendo una red invisible de amenaza que se extiende hasta Baja California. El temblor de Mexicali en 2010, originado en la falla de Cerro Prieto, una prolongación de la de San Andrés, sirve como un crudo ejemplo de esta interconexión. Imaginen el suelo bajo sus pies ondulando, los edificios temblando como hojas al viento, la incertidumbre y el miedo apoderándose de todo. Esa es la realidad que enfrentan las comunidades que viven bajo la sombra de estas fallas.

La falla de San Andrés, una línea divisoria entre las placas tectónicas de América del Norte y del Pacífico, es un foco de atención constante para los sismólogos. Es una "falla madura", según el Dr. Allen Husker del Caltech, lo que significa que ha acumulado tensión durante milenios, preparándose para liberar una cantidad descomunal de energía. Esta energía, contenida como un resorte a punto de saltar, es la que alimenta el mito del "Big One", el terremoto catastrófico que se espera que sacuda California en algún momento impredecible del futuro.

Imaginen la magnitud de este evento: un terremoto que podría superar el de 1906, propagándose a lo largo de los 1,200 kilómetros de la falla de San Andrés, desde el Lago Salton hasta el norte de San Francisco, donde la falla se transforma en una zona de subducción, un punto de encuentro donde las placas tectónicas chocan y se deslizan una debajo de la otra. La falla Imperial, extensión de la de San Andrés en México, y la falla de San Jacinto, con sus 209 kilómetros de longitud, amplifican aún más el riesgo sísmico para la región, incluyendo ciudades como Mexicali, Tijuana y San Diego.

México, asentado sobre cinco placas tectónicas en constante movimiento, no es ajeno a la amenaza sísmica. La acumulación de energía en los puntos de contacto entre las placas es un proceso lento pero inexorable, como estirar una liga hasta su punto de ruptura. Cuando la tensión supera el límite, la energía se libera en forma de ondas sísmicas, las cuales se propagan a través de la tierra, causando los terremotos.

El investigador Raúl Valenzuela Wong, del Departamento de Sismología del IGEF-UNAM, nos recuerda la importancia de entender estos procesos tectónicos. Nos explica que la zona de subducción frente a las costas de Jalisco, Colima, Michoacán, Guerrero, Oaxaca y Chiapas es un área de alta sismicidad en México. Si bien la falla de San Andrés no es una zona de subducción en sí misma, su influencia se extiende a través de las fallas conectadas, aumentando el riesgo para las poblaciones cercanas.

Los sismos de Ridgecrest en 2019, aunque no causaron víctimas mortales, nos recuerdan la constante amenaza que representan estas fallas. Los incendios y los daños a la infraestructura son un preámbulo de lo que podría ocurrir en un evento de mayor magnitud. El estudio realizado por H.F. Reid tras el terremoto de 1906, que reveló un desplazamiento de la placa del Pacífico de hasta 4.7 metros, nos da una idea de la fuerza descomunal que se libera en estos eventos.

Los estudios geológicos sugieren que la sección sur de la falla de San Andrés está acumulando tensión desde hace tiempo, superando la periodicidad de grandes terremotos observada en los últimos 1,500 años. Aunque no podemos predecir con exactitud cuándo ocurrirá el "Big One", la probabilidad de que suceda en un futuro no muy lejano es una realidad ineludible. Las estimaciones de 2,000 muertes y 50,000 heridos en Los Ángeles en caso de un terremoto de magnitud 7.8 son un llamado a la preparación y a la concientización sobre la importancia de la prevención.

La falla de San Andrés, con su historia de devastación y su potencial para generar un terremoto catastrófico, nos recuerda la fragilidad de nuestra existencia frente a las fuerzas de la naturaleza. La preparación, la investigación científica y la concientización pública son nuestras mejores herramientas para mitigar el impacto de estos eventos inevitables.

Fuente: El Heraldo de México