12 de septiembre de 2025 a las 09:10
Generación resiliente: ¿de cristal o diamante?
El clamor en las calles de Katmandú resuena con una fuerza que trasciende las fronteras de Nepal. No se trata simplemente de una protesta aislada, sino de un potente síntoma de una enfermedad que aqueja a muchas naciones: la desconexión entre una élite política enquistada en el poder y una juventud precarizada, abandonada a su suerte y hastiada de promesas incumplidas. La narrativa simplista que intenta pintar a esta generación como apática e indolente se desmorona ante la evidencia de una movilización masiva, orquestada y amplificada a través de las mismas redes sociales que el gobierno pretendía silenciar. Lejos de la imagen caricaturizada de jóvenes absortos en sus pantallas, encontramos una generación profundamente conectada con la realidad, utilizando la tecnología como herramienta de organización, difusión y resistencia.
La chispa que encendió la hoguera fue la prohibición de 26 redes sociales, un intento torpe y autoritario de acallar las voces disidentes. Pero la llama de la indignación ya ardía con la fuerza de la desigualdad, la corrupción rampante y la falta de oportunidades. Etiquetas como #nepokids y #nepobaby se convirtieron en símbolos de la frustración, exponiendo el abismo entre la opulencia de la clase gobernante y la precariedad que agobia a la mayoría de la población nepalí. Mientras los hijos de la élite política hacen alarde de su riqueza, más del 20% de la población lucha por sobrevivir en la pobreza. Este contraste lacerante, amplificado por la inmediatez de las redes sociales, se convirtió en el catalizador de una explosión social inevitable.
La respuesta del gobierno, con la represión y la violencia, lejos de sofocar el movimiento, solo sirvió para avivar las llamas de la indignación. La renuncia del primer ministro, una victoria momentánea para los manifestantes, no es suficiente para calmar el profundo malestar que recorre las calles de Katmandú. No se trata simplemente de un cambio de nombres en el poder, sino de una transformación profunda del sistema, de una redistribución justa de la riqueza y de una auténtica democratización de las instituciones.
Es un error reducir estos acontecimientos a meros disturbios o actos vandálicos. La indignación que se expresa en las calles de Nepal es el resultado de años de frustración acumulada, de una brecha cada vez mayor entre las promesas de la democracia y la realidad de la desigualdad. Este estallido social no es un hecho aislado, sino parte de una ola de protestas juveniles que recorre el mundo, desde Bangladesh hasta Sri Lanka, pasando por Indonesia y América Latina. Esta generación, a la que algunos han querido etiquetar despectivamente como “generación de cristal”, está demostrando una resiliencia y una capacidad de organización admirables. No son frágiles, son fuertes. No son apáticos, son comprometidos. No son individualistas, son solidarios.
La revuelta digital de Katmandú nos interpela a todos. Nos obliga a repensar el papel de la tecnología en la construcción de la democracia, a cuestionar las estructuras de poder tradicionales y a escuchar las voces de una generación que exige un futuro más justo e igualitario. No se trata de idealizar la violencia, sino de comprender las causas profundas que la originan. La lección que nos deja Nepal es clara: el poder no se hereda, se conquista. Y esta generación está dispuesta a conquistarlo.
Fuente: El Heraldo de México