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26 de agosto de 2025 a las 06:15
Tragedia escolar: cloro envenena a estudiante
La noticia del estudiante intoxicado en Soledad nos golpea con la crudeza de una realidad que muchos preferirían ignorar: el bullying sigue presente en nuestras escuelas, carcomiendo la infancia y la adolescencia de nuestros hijos. Un niño de 12 años, llevado al límite por el acoso constante, recurre a una medida desesperada para protegerse. Imaginen la angustia de este pequeño, sintiéndose tan vulnerable e indefenso que considera el cloro, un producto de limpieza corrosivo, como su única arma. ¿Qué nivel de desesperación debe experimentar un niño para llegar a este extremo?
Este incidente no es un caso aislado. Es un síntoma alarmante de un problema sistémico. La Secretaría de Educación del Atlántico reporta más de 300 casos de acoso escolar en lo que va del 2024 solo en Soledad, Malambo y Barranquilla. ¿Cuántos más permanecen ocultos, silenciados por el miedo o la vergüenza? El hacinamiento en las aulas, con hasta 40 estudiantes por curso, es un caldo de cultivo para la violencia y la impunidad. La falta de orientadores escolares, profesionales capacitados para detectar y abordar estas situaciones, agrava aún más el problema. ¿Cómo podemos esperar que un solo docente, con decenas de estudiantes a su cargo, pueda detectar y atender las sutiles señales de acoso que a menudo se esconden tras la fachada de la aparente normalidad?
La historia del niño que llevaba el cloro nos recuerda la importancia de escuchar a nuestros hijos. Su familia afirma que había expresado su angustia en repetidas ocasiones, pero sus palabras no fueron escuchadas. ¿Cuántas veces ignoramos las señales de alerta, minimizando las experiencias de nuestros hijos con frases como "son cosas de niños" o "tienes que aprender a defenderte"? Debemos aprender a escuchar con atención, a validar sus emociones y a brindarles el apoyo que necesitan para enfrentar estas situaciones.
Es fácil señalar al niño que llevó el cloro como el responsable, pero la realidad es mucho más compleja. Él también es una víctima, un niño atrapado en un ciclo de violencia que lo ha llevado a tomar decisiones extremas. Su confesión, en la que revela que incluso consideró usar veneno para ratas, es un grito desesperado de auxilio. ¿Qué futuro le espera a un niño que a los 12 años ya ha contemplado la posibilidad de causar daño a otro ser humano?
Este incidente debe ser un llamado a la acción para toda la comunidad educativa. Las capacitaciones para docentes y las campañas de sensibilización son pasos importantes, pero no son suficientes. Necesitamos un cambio cultural profundo, una transformación que promueva la empatía, el respeto y la tolerancia en nuestras escuelas. Debemos enseñar a nuestros hijos a reconocer y rechazar el bullying en todas sus formas, a ser testigos activos y a buscar ayuda cuando sean necesarios.
La recuperación física del estudiante intoxicado es una buena noticia, pero la sanación emocional de ambos niños, y de toda la comunidad escolar, requerirá un esfuerzo continuo y sostenido. No podemos permitir que este incidente se convierta en una estadística más. Debemos aprender de esta experiencia y trabajar juntos para construir un entorno escolar seguro y libre de violencia para todos nuestros niños. El futuro de nuestra sociedad depende de ello.
Fuente: El Heraldo de México