
Inicio > Noticias > Desastres Naturales
26 de agosto de 2025 a las 14:50
Jalisco y Colima: El fatídico junio de 1932
En la memoria colectiva de Jalisco y Colima, junio de 1932 permanece como un espectro, un mes marcado por la furia implacable de la naturaleza. No fue un único golpe, sino una sucesión incesante de catástrofes que pusieron a prueba la resiliencia de sus habitantes. Imaginen la escena: la madrugada del 3 de junio, la tierra se despierta con un rugido ensordecedor. Un terremoto de 8.2, el más potente registrado instrumentalmente en la historia de México, desata su furia. Casas se derrumban como castillos de naipes, el suelo se abre en profundas grietas y un pánico indescriptible se apodera de la población. En Manzanillo, el mar, como un monstruo enfurecido, se retira para luego volver con una fuerza descomunal, engullendo todo a su paso. Barcos varados, peces muertos cubriendo la arena y un paisaje de devastación que hela la sangre.
Pero este fue solo el comienzo del apocalipsis. Dos semanas después, otro terremoto, casi igual de intenso, vuelve a sembrar el terror. Las construcciones que milagrosamente habían resistido el primer embate, ahora se rinden ante la inclemencia de la tierra. Y como si esto no fuera suficiente, un tercer sismo, apenas unos días después, desencadena un tsunami aún más devastador. Olas gigantescas, de hasta diez metros de altura, arrasan con Cuyutlán, borrándolo del mapa. Imaginen la desesperación de la gente, viendo cómo sus hogares, sus vidas, eran tragadas por el mar.
Y en medio de este caos, el Volcán de Colima, como un gigante dormido que despierta, comienza a expulsar fumarolas, añadiendo una pincelada más de terror al ya desolador panorama. Para colmo de males, un ciclón azota la costa, sumando viento y lluvia a la tragedia. El aislamiento de muchas comunidades, accesibles solo por caminos de tierra, dificultó las labores de rescate, convirtiendo la tragedia en una agonía lenta y dolorosa. Tomatlán, por ejemplo, quedó prácticamente incomunicado, su tragedia silenciada por la magnitud de la destrucción en otros lugares.
Los telegramas enviados por los alcaldes al entonces gobernador Sebastián Allende Rodríguez, pintan un cuadro desgarrador de la situación. Relatos de familias enteras desaparecidas, casas reducidas a escombros, el hambre y la desesperación campando a sus anchas. A pesar de la falta de cifras oficiales precisas, se estima que las víctimas mortales se contaron por centenas, sin mencionar los miles de damnificados que lo perdieron todo.
Junio de 1932 nos recuerda la fragilidad de la existencia frente al poder de la naturaleza. Una lección dolorosa, grabada a fuego en la memoria de Jalisco y Colima, que nos obliga a reflexionar sobre nuestra vulnerabilidad y la importancia de la prevención ante estos eventos inevitables. Un testimonio de la fuerza indomable del espíritu humano, capaz de reconstruir, de levantarse de entre las ruinas, incluso después de haberlo perdido todo. Un recordatorio de que, a pesar de las tragedias, la vida, como el mar, siempre encuentra la manera de seguir adelante.
Fuente: El Heraldo de México