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26 de agosto de 2025 a las 09:30

Enfoca el debate

La fractura del debate público en México es un síntoma preocupante de nuestra época. Hemos normalizado la agresión, la descalificación y la distorsión de la realidad, convirtiendo las redes sociales y, lamentablemente, también muchos espacios físicos, en campos de batalla donde la razón y el respeto han sido desterrados. Nos hemos acostumbrado a la estridencia, al insulto fácil, a la propagación de rumores sin fundamento, premiando con nuestra atención y, a veces, incluso con nuestra aprobación, a quienes se expresan con mayor virulencia, sin importar la veracidad o la pertinencia de sus afirmaciones.

Este comportamiento, lejos de ser una muestra de convicción o de pasión política, refleja una profunda inmadurez cívica y una preocupante falta de compromiso con la verdad. Se ha perdido el valor del diálogo, del intercambio de ideas, de la búsqueda de consensos. La diferencia de opinión, que debería enriquecer el debate y impulsar el progreso social, se ha convertido en un pretexto para la segregación, el linchamiento virtual y la ruptura de lazos afectivos. ¿Cuántos de nosotros hemos visto cómo círculos de amigos y familias se fragmentan por diferencias políticas, cómo se erosiona la confianza y se instala la sospecha?

Es fácil caer en la tentación de atribuir la responsabilidad de esta situación a terceros: a los políticos, a los medios de comunicación, a los algoritmos de las redes sociales. Sin embargo, es fundamental reconocer nuestra propia complicidad. Cada vez que compartimos una noticia sin verificar su origen, cada vez que participamos en una discusión con insultos y descalificaciones, cada vez que preferimos el silencio cómplice a la defensa de la verdad, estamos contribuyendo a la degradación del debate público.

La polarización no es un fenómeno inevitable, es una construcción social que se alimenta de nuestras propias acciones y omisiones. Es el resultado de una cultura que privilegia la confrontación sobre la cooperación, la simplificación sobre la complejidad, la emoción sobre la razón. Revertir esta tendencia exige un esfuerzo consciente y sostenido de todos nosotros. Implica recuperar el valor de la escucha activa, la empatía, la tolerancia a la discrepancia. Significa cultivar el pensamiento crítico, la capacidad de análisis y la búsqueda de información veraz.

Es necesario replantearnos nuestra forma de participar en el espacio público, tanto en el mundo físico como en el virtual. Debemos preguntarnos si nuestras intervenciones contribuyen a la construcción de un diálogo constructivo o si, por el contrario, alimentan la espiral de la polarización. Debemos ser más exigentes con nosotros mismos y con los demás, reclamando un debate público basado en el respeto, la argumentación y la búsqueda de la verdad.

El futuro de nuestra democracia depende, en gran medida, de nuestra capacidad para reconstruir el debate público. No se trata de renunciar a nuestras convicciones, sino de defenderlas con argumentos sólidos y con respeto hacia quienes piensan diferente. Se trata de entender que la diversidad de opiniones es una riqueza, no una amenaza. Se trata, en definitiva, de recuperar la capacidad de dialogar y de construir un futuro común. No podemos seguir eludiendo nuestra responsabilidad. El futuro de las próximas generaciones está en juego.

Fuente: El Heraldo de México