
26 de agosto de 2025 a las 10:00
El cuidado desde las periferias
Imaginen un laberinto de calles sin pavimentar, donde el olor a tierra mojada se mezcla con el aroma del comal y el sonido de los pájaros compite con el bullicio de la vida cotidiana. En estos rincones, a menudo olvidados por los mapas oficiales, se teje una red invisible, pero poderosa: la red del cuidado colectivo. No se trata de una utopía, sino de una realidad palpable en los márgenes urbanos, allí donde la Sierra de Santa Catarina abraza Iztapalapa o donde las chinampas de Xochimilco resisten el embate del tiempo.
En estos espacios, la autogestión no es una opción, sino una necesidad. Ante la ausencia de políticas públicas efectivas, las comunidades se organizan para gestionar el agua, construir infraestructuras alternativas y tejer redes de solidaridad que sostienen la vida en común. No se trata de romanticismo, sino de pura supervivencia. Un ejemplo claro es la gestión comunitaria del agua en Iztapalapa, donde los vecinos, cansados de la escasez y la ineficiencia de los servicios, han implementado sistemas de captación de agua de lluvia y de distribución equitativa, demostrando que la resiliencia se construye desde abajo, con ingenio y colaboración.
Piensen en las abuelas que enseñan a los niños a sembrar en las chinampas, transmitiendo un conocimiento ancestral que no se encuentra en los libros de texto. Imaginen las mujeres que organizan comedores comunitarios, nutriendo cuerpos y tejiendo lazos de apoyo mutuo. Visualicen a los jóvenes que construyen huertos urbanos, transformando terrenos baldíos en espacios de vida y esperanza. Estas prácticas, a menudo invisibilizadas, son la verdadera columna vertebral de la ciudad, el motor silencioso que la mantiene con vida.
Olvidemos por un momento los rascacielos y las grandes avenidas. Miremos hacia las periferias, donde la ciudad se encuentra con la naturaleza. Ahí, en esos espacios de transición, se esconde una riqueza invaluable: el conocimiento de la tierra, la sabiduría de las manos que trabajan, la fuerza de la comunidad. Estas comunidades, guardianas de suelos de alto valor ambiental, no solo protegen ecosistemas vitales para la metrópoli, sino que también nos ofrecen una lección fundamental: la empatía multiespecie, la capacidad de extender el cuidado hacia lo no humano, hacia las plantas, los animales, el agua, el aire.
Este es el mensaje que resonará con fuerza en la próxima Conferencia de Cambio Climático de Naciones Unidas (COP30), que se celebrará en Belém, en el corazón de la Amazonía. Desde ese territorio periférico, históricamente marginado, pero fundamental para el equilibrio del planeta, se alzará una voz que nos recordará que el futuro de la humanidad depende de nuestra capacidad de aprender de las comunidades que han sabido convivir en armonía con la naturaleza. Y en México, esta conversación ya ha comenzado, en la Semana de Acción México por el Clima, un espacio de encuentro donde las luchas locales se conectan con los debates globales.
La verdadera resiliencia urbana no se construye con muros ni con fronteras, sino con puentes, con conexiones, con redes de interdependencia. No se trata de imponer proyectos desde arriba, sino de escuchar las voces de las periferias, de aprender de sus prácticas de cuidado, de construir juntos una ciudad más justa y sostenible. Compartir no es solo repartir recursos, es tejer un futuro en común. Cuidar, en definitiva, es compartir. Y en las ciudades fragmentadas de hoy, compartir es quizás la forma más radical de resistencia, la semilla de un futuro posible.
Fuente: El Heraldo de México