
26 de agosto de 2025 a las 09:30
Domina tu disonancia
La disonancia cognitiva, ese incómodo chirrido mental que surge cuando nuestras creencias chocan con la realidad, nos acecha desde tiempos inmemoriales. No es un fenómeno nuevo, ni exclusivo de una ideología o grupo social. Es una constante en la historia de la humanidad, un mecanismo intrínseco a nuestra psicología social, como lo describió el sociólogo Leon Festinger. Nos aferramos a aquello que nos resulta familiar, a lo que hemos invertido tiempo, energía y emociones, incluso cuando la evidencia nos grita que estamos equivocados.
El caso del obradorismo y los recientes escándalos que lo envuelven nos ofrecen un ejemplo paradigmático de este fenómeno. Estilos de vida opulentos que contradicen el discurso de austeridad, la defensa de pensiones antes criticadas, la presunta complicidad con figuras ligadas al crimen organizado, el manto de impunidad ante señalamientos graves… La lista de contradicciones se alarga, y cada nueva revelación parece ahondar la brecha entre la imagen proyectada y la realidad que se desvela.
Ante la avalancha de información que cuestiona la supuesta "superioridad moral" del movimiento, la respuesta de la tribuna obradorista no se basa en la lógica ni en la búsqueda de la verdad, sino en mecanismos de defensa para reducir la disonancia cognitiva. Se aferran a la idea de un "núcleo ético" inmaculado, una especie de escudo protector contra la evidencia. Las noticias incómodas se descartan como ataques orquestados por la oposición, se minimizan como casos aislados, se exige una presunción de inocencia que irónicamente se les niega a sus adversarios. En resumen, se construye una narrativa alternativa donde la realidad se adapta a la creencia, y no al revés.
Esta negación sistemática no se debe a una simple terquedad, sino a una profunda inversión emocional y política. Han apostado tanto a esta narrativa, han construido su identidad en torno a ella, que el costo de admitir el error resulta demasiado alto. Aceptar la falsedad del discurso implicaría una reconfiguración de su propia identidad, un duelo por la imagen idealizada del movimiento y, posiblemente, la pérdida de los beneficios derivados de su adhesión. Es más fácil, psicológicamente hablando, mantener la ficción y defenderla a capa y espada.
La disonancia cognitiva, en este caso, no es un simple error de juicio, sino una estrategia de supervivencia. Permite mantener la cohesión del grupo, justificar las acciones y preservar la imagen de un liderazgo infalible. Sin embargo, esta negación de la realidad tiene un precio: la erosión de la confianza pública, la polarización social y la dificultad para abordar los problemas reales que aquejan al país.
El reto, entonces, no es solo presentar la evidencia, sino comprender los mecanismos psicológicos que subyacen a la resistencia al cambio. ¿Cómo romper el círculo vicioso de la disonancia cognitiva? ¿Cómo fomentar un diálogo basado en la razón y la búsqueda de la verdad? Estas son las preguntas que debemos plantearnos como sociedad para construir un futuro más justo y democrático.
Fuente: El Heraldo de México