
26 de agosto de 2025 a las 02:40
Alerta vial en Escuinapa, Sinaloa.
La tensión se palpaba en el aire desde el amanecer. El sol del 25 de agosto se alzaba sobre Escuinapa, Sinaloa, no para iluminar un día cualquiera, sino para ser testigo de una jornada de miedo e incertidumbre. La tranquilidad habitual del municipio se vio brutalmente interrumpida por la sombra del crimen organizado. Camiones de carga, imponentes moles de metal, convertidos en barricadas improvisadas, sellaban las principales arterias viales, aislando a la población y sembrando el pánico entre sus habitantes. Las noticias, como reguero de pólvora, se esparcían de boca en boca, amplificadas por el eco de las redes sociales: Escuinapa estaba sitiada.
La confirmación oficial llegó de la Secretaría de Seguridad Pública de Sinaloa: se trataba de bloqueos carreteros, orquestados por presuntos integrantes del crimen organizado. La autopista de cuota, vía rápida que normalmente conecta a la región con el resto del país, y la carretera libre, camino habitual para muchos, se encontraban intransitables. La imagen de los choferes, despojados de sus vehículos, añadía un componente humano a la tragedia, convirtiéndolos en víctimas silenciosas de una guerra ajena.
Ante la gravedad de la situación, las autoridades lanzaron un llamado urgente a la población: evitar traslados en la zona. La recomendación, pronunciada con la seriedad que la situación ameritaba, buscaba proteger a la ciudadanía de posibles enfrentamientos o daños colaterales. Mientras tanto, un despliegue operativo sin precedentes se ponía en marcha. Corporaciones de los tres niveles de gobierno —federal, estatal y municipal— se movilizaban hacia Escuinapa, con la misión de liberar las vías y restablecer el orden.
Las primeras imágenes del caos comenzaron a circular en redes sociales alrededor de las 10:00 de la mañana. Fotografías y videos mostraban la magnitud del bloqueo: camiones de carga atravesados en la carretera estatal Escuinapa-Teacapán y en la federal Mazatlán-Tepic, algunos de ellos envueltos en llamas, creando una escena dantesca. El humo negro, visible a kilómetros de distancia, se convertía en un símbolo ominoso de la violencia que asolaba la región.
A la angustia de la incertidumbre se sumaban rumores sobre detonaciones de armas de fuego en localidades cercanas, como la Presa El Peñón y la colonia Benito Juárez. Aunque no confirmados oficialmente, estos reportes alimentaban el miedo y la especulación, generando un clima de psicosis colectiva. ¿Qué estaba pasando realmente en Escuinapa? ¿Cuánto tiempo duraría esta situación? Las preguntas, sin respuesta, resonaban en la mente de todos.
Horas de angustia se sucedieron. La espera se hacía interminable. La información, fragmentada y contradictoria, aumentaba la confusión. Finalmente, tras más de seis horas de bloqueo, llegó la noticia esperada: los camiones habían sido retirados y la circulación comenzaba a restablecerse paulatinamente. El comunicado oficial de la Secretaría de Seguridad Pública de Sinaloa confirmaba el fin de la pesadilla, aunque el temor y la zozobra aún persistían en el ambiente.
Este episodio de violencia en Escuinapa deja una profunda herida en la comunidad. Más allá de las pérdidas materiales, queda la huella del miedo, la sensación de vulnerabilidad y la incertidumbre sobre el futuro. La pregunta que todos se hacen es: ¿qué medidas se tomarán para evitar que una situación similar se repita? La respuesta, sin duda, es un desafío para las autoridades y una exigencia para la sociedad. La paz y la tranquilidad de Escuinapa, como la de todo México, no pueden seguir siendo rehenes de la violencia.
Fuente: El Heraldo de México