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24 de agosto de 2025 a las 10:40

Un Viaje Épico

La sombra de Yalta se alarga sobre el tablero geopolítico actual. Ochenta años después de aquel encuentro que redibujó el mapa del poder mundial tras la Segunda Guerra Mundial, la resonancia de sus acuerdos y desacuerdos sigue marcando el ritmo de las relaciones internacionales. La Conferencia de Yalta, con la imponente presencia de Stalin, Churchill y Roosevelt, no solo selló el destino de territorios y naciones, sino que también sembró las semillas de la Guerra Fría, una confrontación ideológica y estratégica que definiría la segunda mitad del siglo XX. El reparto del "botín de guerra", como algunos lo calificaron, estableció las esferas de influencia de las potencias vencedoras, creando un delicado equilibrio basado en la disuasión nuclear y la amenaza constante de un conflicto a gran escala.

Yalta, sin embargo, también fue el crisol donde se forjó la idea de las Naciones Unidas, un organismo internacional concebido para prevenir futuras guerras y fomentar la cooperación entre los países. La visión de Roosevelt, impulsada por la necesidad de un marco regulatorio para las disputas internacionales, se materializó en una institución que, a pesar de sus imperfecciones, ha jugado un papel crucial en la mediación de conflictos y la promoción del desarrollo global.

En la actualidad, la evocación de Yalta sirve como punto de referencia para analizar las cumbres y negociaciones entre líderes mundiales. El éxito de una cumbre, como lo demostró la minuciosa preparación del encuentro entre Churchill y Roosevelt en Casablanca en 1943, depende en gran medida de la voluntad de las partes para abordar los problemas de fondo y encontrar soluciones consensuadas. La empatía, la capacidad de comprender las perspectivas y preocupaciones del otro, es un elemento fundamental para lograr avances significativos y construir una base sólida para la paz y la cooperación.

En contraste, las cumbres que se reducen a meros espectáculos mediáticos, sin una agenda clara ni un compromiso real con la resolución de los conflictos, tienden a ser estériles y contraproducentes. Un ejemplo de ello es la reciente reunión entre Putin y Trump en Alaska, que lejos de acercar posturas en la crisis ucraniana, solo sirvió para reafirmar las diferencias y profundizar la desconfianza. La falta de una visión compartida, sumada a la ausencia de una estrategia diplomática coherente, condenó al encuentro al fracaso.

La comparación entre el trío de Yalta y el dúo de Alaska resulta inevitable. La estatura política y la visión de futuro de Stalin, Churchill y Roosevelt contrastan con la miopía y el pragmatismo cortoplacista de Putin y Trump. Mientras que los líderes de Yalta sentaron las bases para un nuevo orden mundial, aunque imperfecto, los protagonistas de Alaska parecieron más interesados en la defensa de sus propios intereses que en la búsqueda de soluciones para los problemas globales.

Las especulaciones sobre los verdaderos motivos y las posibles ofertas que se intercambiaron en Alaska alimentan la incertidumbre y la desconfianza. La opacidad que rodea a la reunión, sumada a la falta de transparencia en las declaraciones posteriores de ambos líderes, dificulta la evaluación objetiva de sus resultados. Lo que sí parece evidente es que la cumbre no contribuyó a la paz en Ucrania, sino que más bien la alejó aún más.

La lección que podemos extraer de Yalta y Alaska es que las cumbres, por sí solas, no garantizan la paz ni la resolución de los conflictos. La clave del éxito reside en la voluntad política de las partes para dialogar, negociar y comprometerse con la búsqueda de soluciones que beneficien a todos. La historia nos enseña que la diplomacia, la empatía y la visión de futuro son los ingredientes esenciales para construir un mundo más justo, pacífico y próspero.

Fuente: El Heraldo de México