23 de junio de 2025 a las 10:00
No caigas en la trampa: Paz violenta
La búsqueda de la paz ha sido una constante en la historia de la humanidad, un anhelo que resuena en lo más profundo de nuestro ser. Agustín de Hipona, con su sabiduría ancestral, nos ilumina al definir la paz no como la mera ausencia de conflicto bélico, sino como la tranquilidad en el orden. Esta afirmación, pronunciada hace siglos, mantiene una vigencia asombrosa en nuestro tiempo, un tiempo marcado por la incertidumbre y la fragilidad de la paz.
La paz auténtica, esa paz que anhelamos, no se construye con las armas, ni con la imposición de la fuerza, sino con la valentía de optar por la verdad, el bien y la belleza, desarmados, como bien apunta el autor. Recordemos la profética frase de Paulo VI: "Si quieres la paz, defiende la vida". Una declaración que nos invita a reflexionar sobre la intrínseca relación entre la vida y la paz, una relación que a menudo olvidamos en la vorágine de nuestros días.
La verdad desarmada, esa verdad que no busca imponerse a través de la coacción, sino que conquista por su propia fuerza, por su capacidad de atraer y convencer, es la única capaz de cimentar una paz duradera. La historia, con sus lecciones a veces dolorosas, nos muestra una y otra vez que la imposición de la paz mediante la violencia genera un círculo vicioso de resentimiento y odio, una espiral de destrucción que nos aleja cada vez más del ideal de paz que perseguimos.
Hegel, en su compleja filosofía, plantea una visión diferente, argumentando que la fuerza y la verdad son inseparables. Para él, la fuerza es la manifestación de la verdad en el mundo. Esta perspectiva, sin duda provocadora, nos invita a cuestionar nuestras propias concepciones sobre la verdad y el poder. ¿Es la fuerza un instrumento legítimo para la imposición de la verdad? ¿O es acaso la verdad la que debe guiar el uso de la fuerza?
La propuesta de la Iglesia Católica, en medio de este complejo panorama, se centra en la necesidad de reconocer nuestra propia fragilidad, nuestra propia miseria, para poder construir una paz verdadera. La paz no nace de la arrogancia del poder, sino de la humildad de reconocer nuestras limitaciones y la necesidad de un parámetro mayor a nuestro propio ego. Un "bien común" que abarque a todos, sin exclusiones, es la clave para un futuro donde la vida, y no la muerte, sea la protagonista.
Nos encontramos en un momento crucial de la historia, donde la paz se presenta como un desafío urgente. La violencia, el resentimiento y la venganza acechan constantemente, amenazando con destruir los cimientos de nuestra convivencia. ¿Seremos capaces de aprender de las lecciones del pasado y construir un futuro donde la paz sea el valor supremo? La respuesta, como siempre, está en nuestras manos.
El camino hacia la paz no es fácil, está lleno de obstáculos y desafíos. Requiere un compromiso constante, una voluntad inquebrantable de dialogar, de escuchar al otro, de comprender sus razones, incluso cuando no las compartimos. Exige, además, la valentía de renunciar a la violencia como herramienta para la resolución de conflictos, y optar por la vía del diálogo, la negociación y la reconciliación.
La construcción de la paz es una tarea colectiva, una responsabilidad que nos incumbe a todos. Desde la esfera individual hasta la global, cada uno de nosotros tiene un papel que desempeñar en este proceso. Educar en la paz, promover la justicia social, fomentar el respeto a la diversidad, son solo algunas de las acciones que podemos emprender para contribuir a la creación de un mundo más pacífico.
La paz no es una utopía inalcanzable, sino un objetivo posible, un sueño que podemos hacer realidad si trabajamos juntos, con perseverancia y esperanza. El futuro de la humanidad depende de nuestra capacidad para construir una paz duradera, una paz basada en la justicia, la verdad y el amor.
Fuente: El Heraldo de México