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23 de junio de 2025 a las 04:00

El Mundo Después: La Bomba

La sombra de la aniquilación nuclear, un fantasma que ha perseguido a la humanidad desde aquel fatídico agosto de 1945, vuelve a cernirse sobre nosotros. El mero susurro de un conflicto que involucre el uso de armas nucleares nos hiela la sangre, evocando imágenes de devastación inimaginable. No se trata de una amenaza abstracta, sino de una posibilidad tangible, un peligro latente que podría desatar un infierno en la Tierra. Carlos Umaña, reconocido activista y dos veces galardonado con el Premio Nobel de la Paz, nos advierte con vehemencia: el riesgo es altísimo. No existen las bombas nucleares "pequeñas". Cada una, sin importar su clasificación táctica o estratégica, porta un poder destructivo capaz de aniquilar ciudades enteras en un instante. Imaginemos una sola bomba, de "apenas" 100 kilotones, detonando sobre una metrópolis como Moscú o Washington. Cientos de miles de vidas se extinguirían en un abrir y cerrar de ojos.

Pero la explosión sería solo el preludio de una agonía prolongada e insoportable. Los sobrevivientes, marcados por la radiación, enfrentarían una muerte lenta y tortuosa. La piel se derretiría, los ojos se caerían de sus cuencas, el abdomen explotaría en un torrente de dolor. No hablamos de soldados, sino de civiles: mujeres, ancianos, niños… víctimas inocentes de una barbarie inconcebible. Incluso aquellos que escaparan a la muerte inmediata cargarían con las cicatrices invisibles de la radiación, condenados a un futuro de cáncer y malformaciones congénitas. Sus hijos, si llegaran a nacer, serían espectros deformes, un recordatorio constante del horror. ¿Qué futuro les espera a estos "hibakusha" del siglo XXI? ¿Serán estigmatizados, rechazados, condenados a vivir en los márgenes de una sociedad fracturada? La historia de Hiroshima y Nagasaki nos ofrece una respuesta desgarradora.

Y si la pesadilla de una sola detonación es aterradora, la posibilidad de una guerra nuclear a gran escala nos sume en el abismo del terror existencial. Decenas de millones de muertos instantáneos, cientos de millones de heridos agonizantes. La capa de ozono, nuestro escudo protector, destrozada. La radiación extendiéndose por todo el planeta, sembrando muerte y destrucción a su paso. Y luego, el invierno nuclear: una oscuridad gélida que envolvería la Tierra, sumiéndola en un frío implacable. La temperatura se desplomaría 25 grados centígrados, extinguiendo ecosistemas enteros, aniquilando las cadenas alimenticias. La hambruna se extendería como una plaga, arrasando con los últimos vestigios de la civilización. Incluso aquellos que hubieran sobrevivido al infierno nuclear sucumbirían ante la inclemencia del invierno, un epílogo glacial a la tragedia humana.

No podemos permitir que este escenario apocalíptico se convierta en realidad. La amenaza nuclear no es un juego político, sino una espada de Damocles que pende sobre la humanidad. Debemos alzar nuestras voces, exigir el desmantelamiento de estas armas de destrucción masiva. El futuro de nuestro planeta, la supervivencia de nuestra especie, depende de ello. No hay tiempo que perder. La hora de actuar es ahora.

Fuente: El Heraldo de México