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23 de junio de 2025 a las 09:45
Deja de decir "gracias" y empieza a decir ¡SÍ!
En la penumbra de un restaurante francés, con el aroma a papas fritas y vino tinto flotando en el aire, se libraba una batalla silenciosa. Una batalla entre las expectativas sociales y el anhelo personal. Él, con la frustración dibujada en el rostro, cuestionaba mi prioridad por el trabajo, por mi insaciable sed de crecimiento que eclipsaba la promesa de un anillo y un apellido prestado. ¿Cómo podía anteponer mis ambiciones a la oferta que, supuestamente, todas las mujeres anhelamos? La respuesta era simple, aunque compleja: yo tenía una misión. Una misión que, en ese momento, me llevaba lejos, a la vibrante Nueva York. Un compañero de vida era una posibilidad anhelada, sin duda, pero no el epicentro de mi existencia. Si el universo conspiraba a nuestro favor, el amor encontraría su camino, sin necesidad de contratos ni ultimátums. Y así fue. El universo tenía otros planes.
A partir de ese momento, se desplegó ante mí un tapiz de oportunidades, decisiones audaces, satisfacciones desbordantes y, sí, amores profundos. Pero también un precio a pagar: el sacrificio en el altar de mi independencia. Años más tarde, frente a la mirada expectante de jóvenes profesionistas, la pregunta resonó en el auditorio: ¿Es válido priorizar la carrera por encima de todo lo demás? Mi respuesta, entonces como ahora, se divide en dos partes: Por supuesto que sí. Tenemos no solo el permiso, sino el derecho, de perseguir nuestras pasiones, de alimentar nuestras ambiciones y de construir nuestra propia escala de valores. Sin embargo, esta elección conlleva un precio, un precio que, aunque quizás menor hoy en día, sigue vigente. La autonomía, labrada a través del éxito profesional, viene acompañada, a menudo, de soledad.
Y no, no me refiero a la soledad masculina. Hablo de nuestra soledad, la soledad femenina. Porque la independencia de la mujer, incluso en 2025, sigue generando incomodidad, sigue siendo la excepción a la regla, una distracción de nuestras “obligaciones” preestablecidas. La mujer que elige su proyecto personal antes que la pareja o la maternidad, la que prioriza su propósito antes que la seguridad aparente, la que busca el impacto antes que el aplauso… esa mujer sigue siendo una anomalía. Rara vez admirada, casi siempre señalada.
Persiste una narrativa que equipara la realización femenina con el amor romántico, y cualquier desviación de ese guión, aunque sea hacia la creación, la libertad o el servicio, se percibe como una herejía. Una mujer sin pareja (o sin hijos) "algo debe tener mal". Una mujer ambiciosa es “peligrosamente egoísta". Una mujer que rechaza una propuesta matrimonial “se quedará sola”. Sí, tal vez. ¿Y?
Ser tu propio héroe no es tarea fácil. He derramado lágrimas en solitario en aviones, he sentido el frío de enfrentar los desafíos sin una red de contención. He dudado, he temido, he añorado brazos que me ofrecieran consuelo. He maldecido, en medio de una gripe implacable, la ausencia de una mano en mi frente y un té caliente. Pero jamás me he arrepentido de ponerme a mí, y a mi autonomía, en primer lugar.
Pero esa soy yo, y admito que hay que estar un poco loca. Si pudiera regresar a esa mesa, con la luz tenue y el plato de papas fritas (con mayonesa, no kétchup), volvería a decir que no. Porque siempre anhelé una vida que fuera principalmente mía, no una en la que interpretara un papel secundario. Porque mi verdadera pasión no era el derecho, sino la libertad.
Porque pocas cosas me llenan tanto como convertir mi vida en un papalote que vuela sin pedir permiso. Porque no tengo que consultar a nadie de qué color pintar las paredes ni negociar en qué gastar mi dinero. Porque si mañana decido mudarme a Kuala Lumpur… me mudo. Y eso, no tiene precio.
No vine al mundo a ser un adorno. El amor, por supuesto, a veces llega y embellece mi camino. Siempre es bienvenido. Pero no nací para ser un personaje secundario en el sueño doméstico de nadie. Nací, en todo caso, para construir, en igualdad de circunstancias y equidad de ambiciones, junto a un socio de vida. Eso sí lo recomiendo. Ampliamente.
Fuente: El Heraldo de México