23 de junio de 2025 a las 09:45
Crónicas anarquistas desde un Teherán bombardeado
El polvo se asienta lentamente, pintando todo de un gris fantasmal. Anoche, mientras el sueño nos abrazaba, la guerra nos despertó con un rugido. El cielo de Teherán, antes un manto oscuro salpicado de estrellas, se iluminó con destellos brutales. No eran los relámpagos de una tormenta, sino el siniestro resplandor de las bombas israelíes. Más tarde, la información, fragmentada y escasa, confirmó la pesadilla: no solo Teherán, sino varias ciudades iraníes se convertían en blanco de los ataques.
Salí a las calles, impulsado por la necesidad de comprender, de ver con mis propios ojos el horror que se cernía sobre nosotros. Zonas acordonadas, el paso bloqueado por soldados, teléfonos confiscados, imágenes borradas a la fuerza. Un intento desesperado por controlar la narrativa, por silenciar la verdad. En un hospital, me negaron la entrada. El susurro aterrado de una enfermera me heló la sangre: al menos siete niños muertos. Siete vidas infantiles apagadas antes de florecer.
Mientras el caos se adueñaba de las calles, las pantallas gigantes, con una serenidad escalofriante, transmitían la versión oficial: la República Islámica atacó Tel Aviv, Israel responde con furia. Mentiras vestidas de solemnidad, propaganda disfrazada de noticias. Tengo camaradas en Israel, anarquistas, pacifistas, jóvenes que se niegan a ser carne de cañón. Ellos, como nosotros, no quieren esta guerra. Somos muchos, muchísimos, los que rechazamos esta danza macabra de la muerte. No creemos en mártires ni en misiles salvadores.
Nos movemos entre los escombros, entre el gas lacrimógeno y el fuego, sin armas, sin Estado, sin banderas que defender. Solo nos queda la humanidad como escudo. Ayudamos como podemos: primeros auxilios, información veraz, un abrazo, una palabra de aliento. Algunos somos anarquistas, otros simplemente seres humanos que se niegan a vivir de rodillas, bajo el yugo de la opresión o enterrados bajo los escombros de la guerra.
Muchos huyen, desesperados por escapar del horror. Algunos regresan, derrotados, porque no hay adónde ir. El mundo, mientras tanto, guarda silencio. Un silencio cómplice, alimentado por la indiferencia y la geopolítica. Las sanciones, impuestas con la frialdad de un cálculo político, han dejado a nuestros hospitales sin medicamentos, a nuestras familias sin esperanza. Pero el silencio más brutal, el que más nos desgarra, no es el internacional, sino el interno. El silencio de quienes, teniendo voz, eligen la comodidad de la mentira, el silencio de quienes callan por miedo, por conveniencia, por complicidad.
Sartre hablaba de la mala fe, de esa cobardía moral que nos lleva a fingir que no somos libres, a obedecer ciegamente para no tener que elegir, para no asumir la responsabilidad de nuestros actos. Hoy, los gobiernos practican esa mala fe a gran escala. Se escudan en la "seguridad nacional", en la "patria", en "Dios", para justificar la barbarie. En realidad, rehúyen la verdad más simple, la más evidente: nadie quiere morir por discursos vacíos, por intereses ocultos, por el ego de los poderosos.
En un mundo donde nos aplastan constantemente las fuerzas políticas, económicas y policiales, es un milagro que aún tengamos espacio para hablar, para gritar nuestra indignación. Incluso sin bombas, la violencia nos rodea, nos asfixia. Pero cuando estalla la guerra, esta violencia se vuelve obscena, insoportable. La máscara de la civilización se cae, revelando la brutalidad que siempre ha estado ahí, latente.
Aquí, entre los restos de lo que fuimos, seguimos. No porque alguien nos proteja, sino porque aún resistimos. Nos cuidamos entre nosotros, nos decimos la verdad, esa verdad que no cabe en un parte militar ni en una consigna nacionalista. La verdad que nace del sufrimiento de un pueblo fragmentado, traicionado, utilizado como peón en un juego macabro.
No pedimos salvadores. No escribimos para pedir caridad. Solo exigimos que nuestra voz no sea apagada por la propaganda de los poderosos. No somos peones, ni del sionismo ni del islamismo. Somos personas. Y si aún queda en ustedes algo de humanidad, alcen la voz con nosotros. No para elegir bandos, sino para rechazar esta lógica de muerte que nos imponen. Alcen la voz por la paz, por la justicia, por la vida.
Fuente: El Heraldo de México