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23 de junio de 2025 a las 09:45

¡Ay, caramba!

La sombra de la guerra se cierne pesada sobre la humanidad. Ucrania, Oriente Medio… los nombres cambian, pero el sufrimiento permanece. Pérdidas humanas incalculables, familias destrozadas, el éxodo forzado de millones que lo dejan todo atrás, buscando refugio en tierras desconocidas. Infraestructuras convertidas en escombros, el paisaje marcado por las cicatrices de la destrucción. El medio ambiente, también víctima silenciosa, gime bajo el peso de la contaminación y la devastación. Y más allá de lo tangible, las heridas invisibles: el trauma psicológico, la angustia que corroe el alma de quienes lo han vivido, dejando huellas imborrables en la memoria colectiva.

Las consecuencias de estos conflictos armados se extienden como una enfermedad, carcomiendo el tejido social y económico de las naciones. Crisis económicas que se agudizan, la pobreza que se extiende como una plaga, la desigualdad que se profundiza, alimentando el resentimiento y la desesperanza. La desestabilización política se convierte en caldo de cultivo para nuevos conflictos, perpetuando un ciclo de violencia que parece no tener fin.

Ante este panorama desolador, la pregunta surge inevitable: ¿dónde está la comunidad internacional? ¿Para qué sirven las Naciones Unidas, ese organismo creado para preservar la paz y la seguridad mundial? La historia nos muestra una y otra vez la ineficacia de este gigante burocrático, incapaz de frenar la maquinaria bélica. 193 Estados miembros, un ejército de diplomáticos, infinidad de reuniones y discursos… y mientras tanto, el mundo arde.

El Consejo de Seguridad, supuesto garante de la paz, se ha convertido en un escenario de disputas geopolíticas, donde los intereses de las grandes potencias se imponen sobre el bienestar de la humanidad. Cinco países con poder de veto, controlando el destino del planeta. ¿Es esto democracia? ¿Es esta la justicia que prometieron? La llegada de nuevos miembros no temporales, como Bahréin, Colombia, República Democrática del Congo, Letonia y Liberia, apenas representa un cambio cosmético, una ilusión de representatividad que no altera el equilibrio de poder.

Y mientras los poderosos juegan sus partidas de ajedrez, el hambre continúa azotando a millones, las guerras siguen sembrando muerte y destrucción, y la esperanza se desvanece. ¿Dónde están las voces de los líderes religiosos? ¿Dónde está la compasión, la empatía, el llamado a la paz que debería resonar desde los púlpitos y los templos? El silencio de los líderes espirituales, de todas las creencias y confesiones, es ensordecedor. Pareciera que han olvidado su misión de guiar a sus fieles, de ofrecer consuelo y esperanza en tiempos de oscuridad.

Ocho mil doscientos millones de almas vagamos por este planeta, huérfanos de líderes que nos protejan, huérfanos de instituciones que nos representen. Las Naciones Unidas, incapaces de cumplir su mandato. Los Estados Unidos, principal contribuyente de la ONU, bombardeando zonas en conflicto. Los líderes espirituales, enfrascados en rituales y dogmas, ajenos al sufrimiento del mundo.

El siglo XXI avanza, y la humanidad se enfrenta a desafíos sin precedentes. La guerra, el hambre, la desigualdad, la crisis climática… problemas que requieren soluciones globales, liderazgo y cooperación. Pero en lugar de eso, encontramos indiferencia, incompetencia y un vacío de poder moral. ¿Qué futuro nos espera? ¿Qué podemos hacer para cambiar el rumbo de la historia? La respuesta, quizás, reside en nosotros mismos, en nuestra capacidad de organizarnos, de exigir un cambio, de construir un mundo más justo y pacífico.

La reciente decisión del parlamento iraní de cerrar el Estrecho de Ormuz, por donde transita el 20% del petróleo y gas mundial, añade más leña al fuego. Veinte millones de barriles diarios en riesgo, una amenaza a la estabilidad económica global. ¿Aprovechará México esta situación para vender su petróleo a un precio mayor? ¿Será esta una oportunidad para nuestro país, o seremos arrastrados por la vorágine de la crisis internacional? El tiempo lo dirá.

Fuente: El Heraldo de México