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20 de junio de 2025 a las 12:30

Erick azota Oaxaca y Guerrero

El rugido del huracán Erick se ha apagado, pero su eco de destrucción aún resuena en las costas de Oaxaca y Guerrero. La fuerza de la naturaleza, implacable e imponente, ha dejado a su paso un panorama de contrastes: la tenacidad de las comunidades afectadas frente a la furia del viento y la lluvia, y la solidaridad que emerge como un faro de esperanza en medio de la adversidad.

Si bien la noticia de la ausencia de pérdidas humanas nos llena de alivio, la magnitud de los daños materiales nos recuerda la vulnerabilidad que enfrentamos ante estos fenómenos. Cientos de familias han visto sus hogares afectados, sus pertenencias dañadas, y sus rutinas diarias interrumpidas. Las carreteras, venas vitales de la comunicación y el comercio, han sufrido cierres que dificultan el acceso a las zonas afectadas y la llegada de la ayuda necesaria. La oscuridad se ha cernido sobre miles de hogares, sumiéndolos en la incertidumbre ante la falta de energía eléctrica.

En Oaxaca, las olas gigantescas que azotaron Puerto Escondido, un paraíso turístico ahora golpeado por la tormenta, pintan una imagen desoladora. Imaginen la angustia de los lancheros, quienes dependen del mar para su sustento, viendo cómo sus embarcaciones, su fuente de vida, eran arrastradas por la furia del océano. Imaginen la desesperación de los restauranteros, luchando contra las olas para rescatar lo poco que podían de sus negocios, construidos con años de esfuerzo y dedicación.

En Guerrero, la Costa Chica ha recibido el impacto del huracán con estoicismo, pero las cicatrices son evidentes. Las inundaciones, aunque menores, han dejado a su paso un rastro de lodo y escombros. Techos desprendidos, como heridas abiertas en el paisaje urbano, nos recuerdan la fuerza destructiva del viento. Comunidades incomunicadas, aisladas del resto del mundo, esperan con ansias la llegada de la ayuda. La evacuación de más de mil personas, una medida preventiva acertada, es un testimonio de la preparación y la capacidad de respuesta de las autoridades, pero también nos habla de la magnitud del riesgo que enfrentaban estas familias. La suspensión de clases, una decisión difícil pero necesaria, prioriza la seguridad de los estudiantes ante la incertidumbre sobre el estado de los planteles educativos.

En Chiapas, las lluvias torrenciales, remanentes del huracán Erick, han extendido el manto de la preocupación. Doce municipios han sido afectados, sumándose a la lista de comunidades que requieren apoyo. La solidaridad, ese lazo invisible que nos une en momentos de crisis, se manifiesta en las acciones de los equipos de rescate, de los voluntarios, de las autoridades que trabajan incansablemente para brindar ayuda a los damnificados.

Más allá de las cifras y los datos, se encuentran las historias de resiliencia, de valentía, de esperanza que emergen de las ruinas. Son las historias de las familias que, a pesar de haberlo perdido todo, se mantienen unidas, con la mirada puesta en el futuro. Son las historias de los voluntarios que, dejando de lado sus propias necesidades, se entregan a la tarea de ayudar a quienes más lo necesitan. Son las historias de las comunidades que, una vez más, demostrarán su capacidad de levantarse, de reconstruir, de renacer de las cenizas.

La tarea de reconstrucción será larga y ardua, pero no estamos solos. La solidaridad de todo México se hará presente, como siempre lo ha hecho en momentos de adversidad. Juntos, ayudaremos a las comunidades afectadas a recuperar lo perdido, a reconstruir sus hogares, a sanar sus heridas. Juntos, les recordaremos que no están solos, que somos una nación unida por lazos de hermandad y compasión.

Fuente: El Heraldo de México