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21 de junio de 2025 a las 02:30

El cansancio de ser auténtico: ¿Mito o realidad?

En la vorágine del mundo moderno, la búsqueda del éxito personal se ha convertido en una obsesión que, paradójicamente, nos aleja de nuestra verdadera esencia. Nos vemos inmersos en una carrera frenética por alcanzar metas cada vez más altas, sacrificando en el camino nuestra autenticidad y bienestar. La presión por proyectar una imagen de perfección en redes sociales, la sobrevaloración del esfuerzo en el ámbito laboral y la idealización de la productividad como fin último, nos han llevado a un estado de constante insatisfacción y angustia. Vivimos bajo la sombra del síndrome del impostor, sintiendo que nunca somos lo suficientemente buenos, que siempre debemos esforzarnos más.

Esta cultura de la sobreexigencia nos ha convertido en máquinas de producir, olvidando que el verdadero propósito de la vida no es acumular logros, sino disfrutar del camino. Nos hemos desconectado de nuestra propia humanidad, sacrificando momentos de ocio y conexión personal en aras de una productividad sin fin. Cada "like" en redes sociales, cada nuevo proyecto en el trabajo, se convierte en una nueva piedra en la mochila que cargamos con el peso de la autoexigencia. Nos comparamos constantemente con los demás, creyendo que la felicidad se encuentra en la apariencia de éxito que proyectan, ignorando que muchas veces esa imagen esconde una profunda insatisfacción.

El mundo laboral se ha convertido en un campo de batalla donde la cantidad de trabajo se valora más que la calidad. Jornadas interminables, reuniones improductivas y metas inalcanzables nos llevan al borde del burnout, un estado de agotamiento físico y mental que nos impide disfrutar de los frutos de nuestro esfuerzo. Nos hemos convencido de que el trabajo nos dignifica, mientras que el ocio nos envilece, perdiendo de vista que el descanso y la desconexión son esenciales para nuestro bienestar. Nos hemos convertido en Sísifos modernos, condenados a empujar la piedra cuesta arriba eternamente, sin darnos cuenta de que nosotros mismos nos hemos impuesto este castigo.

¿Es posible escapar de este ciclo vicioso? La respuesta es sí, pero requiere un cambio de paradigma. Debemos empezar por reconocer nuestra propia humanidad, aceptando nuestras limitaciones y entendiendo que el éxito no es un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar una vida plena. Necesitamos recuperar el valor del ocio, no como una interrupción del trabajo, sino como un espacio para conectar con nuestra esencia, para cultivar nuestras pasiones y disfrutar de las pequeñas cosas de la vida. El ocio no es sinónimo de holgazanería, sino de una actividad que tiene valor en sí misma, que nos permite crecer como personas y encontrarle sentido a nuestra existencia.

Como bien decía Aristóteles, "trabajamos para tener ocio", y este ocio debe ser un espacio para el cultivo del alma, para la reflexión, para la conexión con los demás y con la naturaleza. Leer un libro, conversar con amigos, contemplar un atardecer, son actividades que nos nutren y nos hacen sentir vivos, que nos recuerdan que el valor de la vida no se encuentra en la cantidad de logros acumulados, sino en la calidad de las experiencias vividas.

En una era dominada por la tecnología y la inmediatez, necesitamos más que nunca detenernos, desconectarnos del ruido exterior y escuchar nuestra voz interior. El verdadero éxito no se encuentra en la cima de la montaña, sino en el camino recorrido, en las experiencias vividas, en las conexiones forjadas y en el cultivo de nuestra propia humanidad. Es hora de recuperar el valor del ocio, de reconectar con nuestra esencia y de construir una vida plena y auténtica.

Fuente: El Heraldo de México