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20 de junio de 2025 a las 09:25

Desmitificando la Vida del Artista

El mito del artista bohemio, del genio atormentado, pervive en el imaginario colectivo. Nos hemos acostumbrado a la imagen del creador en su buhardilla, ajeno a las preocupaciones mundanas, alimentado solo por la inspiración divina. Pero tras esa romántica idealización se esconde una realidad mucho más prosaica: los artistas, como cualquier otro mortal, comen, duermen, pagan facturas y, sobre todo, trabajan arduamente. Su labor, sin embargo, transciende la mera subsistencia. A través de su obra, nos comunican su particular visión del mundo, nos invitan a explorar el universo de las emociones y la imaginación. Su trabajo, en esencia, es un acto de comunicación, un diálogo entre su alma y la del espectador.

La paradoja reside en la valoración económica de este trabajo. Mientras que músicos, actores, escritores, reciben una remuneración –justa o no– por su labor, el artista visual, en particular el pintor, el escultor, el creador de instalaciones, se encuentra a menudo con un muro de incomprensión. Las teorías económicas del valor-trabajo parecen desvanecerse en un mar de subjetividades cuando se trata de arte. Se argumenta que el arte no tiene precio, que no debe ser mercantilizado, pero esta idealización romántica choca frontalmente con la necesidad del artista de subsistir, de obtener un retorno por su inversión de tiempo, esfuerzo y, a menudo, considerables recursos económicos.

La experiencia de la exposición, tan crucial en la trayectoria del artista visual, se convierte, con demasiada frecuencia, en un ejercicio de frustración. Las inauguraciones se llenan de amigos, familiares, colegas, incluso algún que otro curioso atraído por el vino de honor, pero las ventas, si las hay, son escasas. La galería, ese espacio concebido como puente entre el artista y el mercado, se transforma en un laberinto de porcentajes, contratos opacos y especulación. El artista, tras semanas, meses, incluso años de trabajo, se ve obligado a depender de la buena voluntad de un mercado desinteresado, de la generosidad de unos pocos mecenas o de la incierta promesa de una futura revalorización de su obra.

Surge entonces la pregunta incómoda: ¿Por qué no cobramos la entrada a las exposiciones? Los museos, custodios del patrimonio cultural, lo hacen. ¿Acaso la obra de un artista vivo, que palpita con la energía del presente, merece menos consideración que la de un maestro del pasado? ¿Por qué no establecer un sistema de regalías, como en la música o la literatura, que permita al artista obtener un beneficio directo de la exhibición de su trabajo?

No se trata de mercantilizar el arte, sino de reconocer el valor del trabajo del artista, de garantizar su subsistencia y, en última instancia, de fomentar la creación. La cultura no puede sobrevivir si los creadores no tienen las condiciones mínimas para desarrollar su talento. Es hora de romper el mito del artista bohemio y construir un modelo justo y sostenible que permita a los artistas vivir dignamente de su trabajo. Es hora de que el público, los galeristas, las instituciones, asumamos nuestra responsabilidad en la construcción de un ecosistema cultural que valore y remunere el trabajo de los creadores.

Fuente: El Heraldo de México