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19 de junio de 2025 a las 03:45

Reconectando después del silencio

Tras el forzoso aislamiento de la pandemia, nos encontramos ante un nuevo desafío: reconstruir nuestros lazos sociales. La OMS ha declarado la soledad como una emergencia sanitaria, un silencioso enemigo que se extiende por todos los estratos de la sociedad, afectando a niños, jóvenes y adultos. En México, aunque poco se habla de ello, estamos viviendo las consecuencias de este aislamiento prolongado. Ya no se trata solo del miedo al contagio, sino de una serie de temores que nos paralizan: el juicio social, la pérdida de habilidades para interactuar, la fatiga emocional que supone reconectar con un mundo que percibimos como diferente.

Muchos se refugian en la aparente comodidad de la soledad, amparados en frases como: "Estoy mejor solo", "la gente me cansa", "ya no necesito salir". Sin embargo, estas afirmaciones, muchas veces, enmascaran una realidad más compleja: la ansiedad, la depresión o un temor no expresado a enfrentar de nuevo la vida social. Las cifras son alarmantes: millones de adultos mexicanos sufren depresión, miles de niños y adolescentes experimentan ansiedad y buscan ayuda profesional. El impacto del aislamiento en la salud mental es innegable, aumentando el riesgo de enfermedades mentales, deteriorando las funciones cognitivas en adultos mayores, mermando la autoestima de los adolescentes e impidiendo el desarrollo emocional pleno en los niños. Pero más allá de las estadísticas, el aislamiento socava un pilar fundamental de la sociedad: el sentido de pertenencia, la conexión con nuestra comunidad.

¿Cómo reconocer las señales de alerta en niños y jóvenes? La resistencia a ir a la escuela, el refugio en las pantallas y las redes sociales como sustituto del contacto real, la disminución en la comunicación con familiares y amigos, son indicadores importantes. Cambios emocionales como irritabilidad, apatía, tristeza persistente, llanto frecuente sin causa aparente, ansiedad y nerviosismo constante, o la sensación de vacío y desconexión con el entorno, también deben ser considerados. A nivel físico, se pueden observar alteraciones del sueño (insomnio o somnolencia excesiva), fatiga persistente, dolores sin una causa médica identificable (de cabeza, estómago, musculares) y cambios en los hábitos alimenticios.

En los adultos, el aislamiento se manifiesta a través de sentimientos de soledad, abandono, desánimo, desesperanza y un profundo vacío existencial. La irritabilidad, la hipersensibilidad emocional y la sensación de ser "invisibles" o ignorados, son otras manifestaciones comunes. Conductualmente, se observa un aislamiento progresivo, la cancelación frecuente de planes, la falta de respuesta a mensajes y llamadas, y un desinterés generalizado por la vida social, incluso con personas cercanas. A nivel físico y cognitivo, se pueden presentar insomnio o hipersomnia, dificultades de concentración y memoria, así como dolencias psicosomáticas, problemas digestivos y alteraciones del apetito.

Es crucial entender que el aislamiento no siempre se presenta de forma evidente. A veces se disfraza de una supuesta "preferencia por la soledad" que, en realidad, oculta un profundo malestar emocional. Por ello, es fundamental estar atentos a los cambios sutiles en el comportamiento, el estado de ánimo y la salud física, tanto en adolescentes como en adultos. La detección temprana es clave para prevenir complicaciones mayores.

No se trata de obligarnos a socializar, sino de reaprender a conectar desde la conciencia y el autocuidado. Reconstruir nuestros vínculos sociales requiere un esfuerzo consciente, pero no tiene por qué ser una tarea titánica. Pequeños gestos, como saludar al vecino, invitar a un amigo a dar un paseo, escuchar con atención a un ser querido, pueden ser el primer paso para tejer una nueva red de conexión y combatir la soledad. Hoy, más que nunca, necesitamos tender puentes y recordar la importancia de la conexión humana.

Fuente: El Heraldo de México