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19 de junio de 2025 a las 01:55
Jóvenes de Tamaulipas: ¿Adictos a la calma?
La ansiedad, ese monstruo silencioso que se alimenta de las presiones de la modernidad, está extendiendo sus garras sobre la juventud del sur de Tamaulipas. No se trata de un monstruo imaginario, sino de una realidad palpable que se manifiesta en el creciente número de adolescentes y jóvenes que recurren a los ansiolíticos sin prescripción médica, buscando una salida rápida, un parche temporal para un problema que requiere atención profunda. Como una sombra que se alarga en la oscuridad, esta tendencia se ha intensificado en los últimos meses, pintando un panorama preocupante que exige la atención inmediata de toda la sociedad.
El testimonio de Jorge Ávalos Castelán, director del Centro de Integración Juvenil (CIJ) en Tampico, resuena como una alarma: las consultas de padres angustiados, acompañando a hijos atrapados en las redes de la automedicación, son cada vez más frecuentes. El fácil acceso a estos medicamentos a través de las redes sociales y el círculo de amistades se convierte en una trampa mortal para jóvenes que, en su búsqueda de alivio, se adentran en un laberinto de consecuencias impredecibles. Imaginen la desesperación de un joven que, abrumado por la presión, busca en una pastilla la calma que no encuentra en su entorno.
Los ansiolíticos, herramientas terapéuticas valiosas en manos de profesionales, se transforman en armas de doble filo cuando se utilizan sin la supervisión adecuada. Diseñados para combatir la ansiedad en un contexto clínico controlado, su consumo irresponsable puede desencadenar una cascada de efectos devastadores: desde la dependencia química y la sobredosis, hasta alteraciones cognitivas y un daño irreparable a la salud mental a largo plazo. Es como apagar un incendio con gasolina: se obtiene un alivio momentáneo, pero a costa de un daño mayor.
La angustia de no poder dormir, la sensación asfixiante de la ansiedad, el miedo que paraliza… Estos son los síntomas que impulsan a muchos jóvenes a buscar una solución rápida, sin comprender el peligro que acecha. Y lo que es aún más alarmante, la combinación de estos fármacos con otras sustancias como el alcohol o los vapeadores con THC crea un cóctel explosivo que puede tener consecuencias fatales. Es una ruleta rusa en la que la vida de nuestros jóvenes está en juego.
Ante este panorama desolador, la necesidad de actuar es urgente. No podemos quedarnos de brazos cruzados mientras nuestros jóvenes se autodestruyen. Es imprescindible implementar estrategias de prevención que aborden la raíz del problema: la falta de educación emocional, la presión social asfixiante, la ausencia de redes de apoyo sólidas. Debemos construir un escudo protector alrededor de nuestros jóvenes, dotándolos de las herramientas necesarias para navegar en este mundo complejo y demandante.
Las señales de alerta están ahí, a la vista de todos: el aislamiento, los cambios bruscos de conducta, las alteraciones del sueño, el bajo rendimiento académico… No podemos ignorarlas. Debemos aprender a escuchar el grito silencioso de nuestros jóvenes, a interpretar sus señales de auxilio, a tenderles una mano antes de que sea demasiado tarde. La empatía, la comprensión y el apoyo incondicional son las armas más poderosas que tenemos para combatir esta epidemia silenciosa.
Vivimos en una era de hiperconectividad, donde la presión social se amplifica a través de las redes sociales, donde la búsqueda de la perfección se convierte en una obsesión, donde la soledad se disfraza de likes y followers. En este contexto, la salud mental de nuestros jóvenes se convierte en un tesoro frágil que debemos proteger a toda costa. No podemos permitir que la ansiedad les robe el futuro. Debemos actuar ahora, antes de que sea demasiado tarde.
Fuente: El Heraldo de México