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18 de junio de 2025 a las 09:30

Israel: ¿Por qué ataca primero?

El zumbido de los jets israelíes sobre el cielo iraní no es el preludio de una guerra, sino el réquiem de una paz ignorada. Es el eco amplificado de las advertencias desoídas, un grito ahogado en la indiferencia internacional. Durante años, Israel ha alertado al mundo, no con beligerancia, sino con la desesperación de quien ve acercarse la tormenta. Mientras los diplomáticos tejían frágiles acuerdos y los escépticos desdeñaban las bravatas iraníes como simple retórica, los líderes de la República Islámica pronunciaban sus amenazas con una escalofriante claridad. "El régimen sionista debe ser borrado del mapa", sentenció el ayatolá Jamenei. "Israel será eliminado", proclamó Ahmadineyad ante la Asamblea General de la ONU. Estas no son metáforas poéticas, son declaraciones de intenciones, manifiestos de una ideología genocida. Y cuando alguien anuncia su intención de destruirte, Israel, con la memoria imborrable del Holocausto, no puede permitirse el lujo de la ingenuidad.

Para Israel, un país forjado en las cenizas de la Shoá, las amenazas de exterminio no son hipérboles, son sirenas de alarma que resuenan en lo más profundo de su ser colectivo. Cuando el Primer Ministro Benjamín Netanyahu afirma "No permitiremos un segundo Holocausto", no recurre a la retórica vacía, sino que expresa el principio fundamental que guía la política de defensa israelí. Israel es el único país del mundo cuyo plan de supervivencia se basa en la amenaza pública y reiterada de aniquilación total por parte de otro Estado. Este hecho singular altera radicalmente las reglas del juego geopolítico.

Sí, Israel actúa primero. No lo hace movido por ansias de conquista, sino por la imperiosa necesidad de evitar lo irreparable. No busca la provocación, sino la supervivencia. Las voces críticas temen que un ataque preventivo pueda desencadenar represalias. Pero, ¿cuál es la alternativa? ¿Esperar pacientemente a que Irán complete el ensamblaje de un arma nuclear? ¿Quedarse de brazos cruzados mientras Tel Aviv se convierte en un recuerdo borroso?

El programa nuclear iraní no es un ente aislado, sino una pieza clave de una compleja red de terrorismo regional. Hezbolá en Líbano, milicias en Siria e Irak, drones en Yemen… todos forman parte de una estrategia orquestada por Teherán. Irán ya ha puesto a la población civil israelí en su punto de mira. Cada misil lanzado contra ciudades israelíes, cada atentado suicida patrocinado por el régimen iraní, transmite un mensaje inequívoco: las víctimas civiles no son un daño colateral lamentable, son el objetivo.

Lo sé de primera mano. El pasado sábado, un misil impactó la casa de mi hermana, destrozando por completo un piso. Solo un milagro impidió una tragedia. Ese ataque no iba dirigido a una instalación militar, sino a una familia que dormía plácidamente en su hogar. El terror reflejado en los ojos de sus hijos es testimonio suficiente: para Teherán, los civiles no son víctimas colaterales, somos el blanco, el objetivo explícito, el mensaje.

En contraste, Israel actúa con precisión quirúrgica. Sus ataques se dirigen a infraestructuras militares, no a la población civil. En esa diferencia fundamental –entre quienes eligen matar por odio y quienes se esfuerzan por evitarlo incluso en defensa propia– reside la verdadera línea divisoria entre la barbarie y la civilización. No se trata solo de cómo se libra una guerra, sino de quién merece ganarla.

Esta distinción moral es crucial. Irán busca deliberadamente matar civiles. Israel hace todo lo posible por evitarlo. Israel no anhela la guerra, anhela vivir. Pero vivir, en este contexto, exige actuar antes de que sea demasiado tarde.

La ofensiva contra las instalaciones nucleares iraníes no es una apuesta temeraria, sino la última oportunidad antes de que el "régimen más peligroso del mundo" adquiera las armas más peligrosas del mundo. Para los estrategas, el debate se centra en cascadas de centrifugadoras y la profundidad de los búnkeres; para las familias que duermen con un ojo puesto en la Cúpula de Hierro, se mide en pisos destruidos y juguetes cubiertos de escombros.

A quienes hoy condenan a Israel, les pregunto: ¿Dónde estaban cuando Irán enriquecía uranio en secreto? ¿Dónde estaban cuando los generales iraníes prometían reducir a cenizas a Tel Aviv y Haifa? ¿Dónde estaban cuando los niños israelíes corrían a los refugios antiaéreos mientras el mundo miraba hacia otro lado?

Israel no busca el aplauso internacional, busca sobrevivir. Y sobrevivir, a veces, requiere actuar antes de que el enemigo apriete el gatillo. Esto no es agresión, es defensa propia. La misión de Israel no es destruir a Irán, es impedir que Irán destruya a Israel. No es venganza, es biología: el instinto de supervivencia de una pequeña nación rodeada de amenazas existenciales.

Y todos debemos preguntarnos: si un régimen prometiera borrar a tu pueblo del mapa, y avanzara día tras día para cumplirlo… ¿te quedarías esperando? Israel no lo hará. Porque “Nunca más” no es un poema conmovedor, es un plan de acción.

Por Yossi Abadi

Empresario e Inversor Israelí.

MAAZ

Fuente: El Heraldo de México