18 de junio de 2025 a las 09:40
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La historia nos ofrece un espejo fascinante en el que observar las estrategias políticas que, aunque milenarias, siguen resonando en nuestros tiempos. El "divide et impera" romano, una táctica magistralmente empleada para consolidar su vasto imperio, nos invita a reflexionar sobre cómo el poder se construye y se mantiene, no solo a través de la fuerza, sino también a través de la astucia y la manipulación. La disolución de la Liga Latina, una confederación de pueblos que representaba una amenaza directa a Roma, fue un ejemplo paradigmático de esta estrategia. No se trató únicamente de una victoria militar, sino de una jugada política que desmembró la unidad de los adversarios, impidiendo futuras alianzas que pudieran poner en jaque el dominio romano.
La genialidad de esta estrategia radica en su simplicidad: fragmentar las fuerzas opositoras para neutralizar su potencial. Al otorgar privilegios a algunas ciudades y una independencia parcial a otras, Roma sembró la discordia y la competencia entre ellas, asegurando así su posición central y su control sobre la región. Este juego de concesiones y prebendas, de recompensas y castigos, desactivó la posibilidad de una resistencia unificada y allanó el camino para la expansión del Imperio.
El análisis del presente a través de la lente del pasado nos revela paralelismos sorprendentes. Las acciones del presidente López Obrador, al "exiliar" a gobernadores potencialmente problemáticos a puestos diplomáticos, evocan la misma lógica del "divide et impera". Al alejarlos del escenario político nacional y colocarlos en posiciones donde su influencia se ve limitada, se asegura su lealtad y se evita cualquier posible desafío a su autoridad. Estos "exilios dorados" son una muestra de cómo la estrategia romana se adapta y se reinventa en la política contemporánea.
La habilidad de López Obrador para cooptar a sus antiguos adversarios, transformándolos en aliados, demuestra una comprensión profunda de los mecanismos del poder. Al ofrecerles cargos diplomáticos, no solo los neutraliza, sino que también obtiene su colaboración, consolidando así su posición y debilitando a la oposición. Esta estrategia, que combina la persuasión con la coerción, es un reflejo de la complejidad del juego político, donde la lealtad y la traición son monedas de cambio.
La figura de Carlos Manuel Joaquín González, el panista enviado a Ottawa, ilustra la eficacia de esta estrategia. Considerado un traidor por su propio partido, su nombramiento como diplomático no solo lo aleja del escenario político nacional, sino que también crea una brecha dentro de las filas de la oposición, debilitándola aún más. Este caso pone de manifiesto cómo el "divide et impera" puede utilizarse para sembrar la discordia dentro de las propias filas enemigas, maximizando así su impacto.
La anécdota sobre la consulta a la secretaria antes de pedir un aumento al jefe, o la estrategia similar utilizada en la adolescencia para obtener permisos, nos recuerda que la dinámica del poder, en sus diferentes escalas, se rige por principios similares. Se trata de comprender las jerarquías, las lealtades y las rivalidades, y de utilizar ese conocimiento para obtener los resultados deseados. En este sentido, la política, como la vida misma, es un constante ejercicio de estrategia y adaptación.
Finalmente, la pregunta sobre la conveniencia del encuentro entre la Presidenta y Trump en Canadá nos invita a reflexionar sobre la importancia de la oportunidad en la política internacional. La decisión de posponer la reunión bilateral, aunque criticada por algunos, puede interpretarse como una estrategia para asegurar que el encuentro se produzca en un momento más propicio, cuando las circunstancias sean más favorables para ambos países. En el ajedrez de la geopolítica, la paciencia y la precisión son tan importantes como la audacia y la determinación.
Fuente: El Heraldo de México