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18 de junio de 2025 a las 22:50

Descubre las 26 presas que protegen a la CDMX

El murmullo constante del agua, un sonido casi imperceptible bajo el rugir de la ciudad, nos recuerda una verdad oculta: bajo el asfalto, bajo las construcciones, la Ciudad de México aún late al ritmo de sus ríos. Ríos invisibles, sí, pero no por ello menos importantes. Imaginemos por un momento la ciudad prehispánica, un espejo de agua donde florecían chinampas y canoas surcaban los canales. Esos cinco grandes lagos, Chalco, Xochimilco, Texcoco, Zumpango y Xaltocan, no eran entidades aisladas, sino el corazón de un sistema hidrológico complejo, alimentado por la generosa lluvia que baña estas tierras y por la red de 45 ríos que, como venas, descienden desde las alturas.

Más de 760 milímetros de lluvia al año, una cifra considerable, riegan la capital. Y en las zonas montañosas, en el abrazo verde de las sierras de las Cruces, Ajusco y Chichinautzin, la precipitación supera los 1,000 milímetros. Ante esta abundancia, la ingeniería se ha visto obligada a intervenir. Las 26 presas de control de avenidas, guardianes silenciosos contra las inundaciones, son testimonio de la lucha constante por domar la fuerza del agua. 25 de ellas se mantienen vigilantes, un recordatorio de la importancia de la prevención y la planificación urbana.

Cada gota que cae en las montañas, cada escurrimiento que busca su camino hacia el valle, sigue el trazo milenario de estos ríos. Un trazo que, en muchos casos, ha sido sepultado bajo el concreto. Las calles y avenidas que transitamos a diario, los edificios que nos cobijan, se alzan sobre el curso de lo que alguna vez fueron caudalosos ríos. Sin embargo, en las zonas altas, aún podemos contemplar su belleza natural, su flujo a cielo abierto, un vestigio de la ciudad que fue.

Desde la llegada de los españoles, la gestión del agua ha sido un desafío constante. La desecación de los lagos, una decisión drástica tomada en el siglo XVII, transformó radicalmente el paisaje. Donde antes reinaba el agua, se extendió la mancha urbana, un cambio irreversible que marcó el destino de la ciudad. Pero los ríos, persistentes, continuaron fluyendo, aunque ahora ocultos, canalizados hacia la red de drenaje, mezclándose con las aguas pluviales y residuales en un viaje subterráneo hacia las afueras de la ciudad.

Esta realidad invisible nos impone una responsabilidad. Cada uno de nosotros, con nuestras acciones cotidianas, influye en el delicado equilibrio del sistema hidrológico. El agua que utilizamos en nuestros hogares, los desechos que generamos, todo termina en esa red compleja que transporta también el agua de los ríos. Prevenir inundaciones no es solo tarea de las autoridades, es un compromiso colectivo. Cuidar el agua, evitar arrojar basura en las calles, mantener limpios los desagües, son pequeños gestos que, sumados, contribuyen a la seguridad y el bienestar de todos. La ciudad, con su ritmo frenético, nos hace olvidar a menudo su historia, su geografía. Pero el agua, en su fluir constante, nos recuerda que la ciudad y la naturaleza son un todo inseparable.

Fuente: El Heraldo de México