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18 de junio de 2025 a las 22:45

Descubre la magia: Vírgenes Viajeras de Colima

Sumérjanse en un viaje de fe y tradición, allí donde las montañas de Colima se funden con la Sierra de Manantlán. Año tras año, un ritual ancestral se renueva: la peregrinación de las Vírgenes viajeras, un evento que va más allá de la devoción religiosa y se convierte en una expresión viva de la cultura y la identidad de estas comunidades. Imaginen pequeñas imágenes, las "virgencitas peregrinas", no confinadas a la solemnidad de un templo, sino recorriendo los caminos, llevando consigo la esperanza y la bendición. Su hogar no son las paredes de piedra, sino los corazones de las familias que las reciben con amor y respeto en cada aldea.

Este peregrinaje es un ciclo continuo, un latir constante que comienza y termina en Ayotitlán, el corazón palpitante de esta tradición. Es allí, cada 2 de febrero, día de la Candelaria, donde las Vírgenes regresan tras su largo viaje, como hijas pródigas que vuelven al hogar. Pero antes, recorren un intrincado laberinto de senderos, llevando consigo la promesa de la fe. Desde Zacualpan y Juluapan, los fieles ascienden hasta Ayotitlán, no solo para admirar la belleza de las montañas, sino para solicitar, con humildad y devoción, la compañía de las Vírgenes. Esta petición, lejos de ser una simple formalidad, es un compromiso sellado con una ofrenda de pan y fruta, símbolos de la promesa de cuidar y venerar a las imágenes durante su estancia.

Una vez bendecidas por el sacerdote local, las Vírgenes inician su viaje. Imaginen la escena: casas engalanadas con flores y colores vibrantes, el aroma a maíz tostado y a guisos tradicionales flotando en el aire, familias enteras compartiendo lo poco o mucho que tienen con los peregrinos. Cada pueblo se convierte en un oasis de hospitalidad, donde la fe se traduce en gestos concretos de solidaridad y compartir. Es la comunidad abrazando a la comunidad, fortaleciendo los lazos que los unen en un territorio marcado por la belleza agreste de la sierra.

El regreso a Ayotitlán para la Candelaria es un auténtico estallido de júbilo. Las chirimías entonan melodías ancestrales que se entrelazan con el ritmo de las danzas tradicionales. El aroma de la comida típica invade el ambiente, y las familias se reúnen para celebrar el reencuentro. Pero más allá de la fiesta, este es un momento crucial para la continuidad de la tradición. Es en este marco de celebración donde se eligen los nuevos mayordomos, quienes, con orgullo y responsabilidad, asumirán la tarea de mantener viva la llama de la fe durante el próximo ciclo.

La generosidad de los mayordomos entrantes se manifiesta en el donativo de una vaca, cuya carne será compartida en un gran banquete comunitario. Este gesto, que trasciende la simple donación, simboliza el inicio de un año de servicio, de trabajo comunitario y de entrega espiritual. Y como broche de oro a esta ceremonia, el "enroso", un ritual cargado de simbolismo donde collares de tortillas de queso, coronas de pan y flores de bugambilia adornan tanto a los mayordomos como a los nichos de las Vírgenes, sellando el pacto entre la comunidad y lo sagrado.

La peregrinación de las Vírgenes viajeras no es simplemente una tradición religiosa; es un reflejo del alma colimense, una expresión del respeto por los ciclos naturales, una muestra de la fuerza de la comunidad y la profunda espiritualidad que se respira en estas tierras. Colima, un lugar donde las montañas no solo dibujan paisajes majestuosos, sino que también cobijan historias de fe y tradición que merecen ser descubiertas, vividas y compartidas.

Fuente: El Heraldo de México