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17 de junio de 2025 a las 09:20

Protege tus derechos: Dignidad y debido proceso.

La historia de Edmundo Dantés, inmortalizada por Dumas y Maquet en "El Conde de Montecristo", resuena con la tragedia de François Picaud, el zapatero víctima de falsas acusaciones. Ambos casos, aunque separados por la ficción y la realidad, nos confrontan con la fragilidad de la justicia y la persistencia de la infamia. La novela, con su narrativa cautivadora, nos sumerge en el abismo de la prisión injusta, donde la esperanza parece desvanecerse con el paso del tiempo. Dantés, despojado de su libertad y futuro, se convierte en un símbolo de la vulnerabilidad humana ante la maquinación y la envidia. Su calvario, marcado por la traición de aquellos que consideraba amigos, nos recuerda la fuerza destructiva de las pasiones humanas: la ambición desmedida de Danglars, los celos corrosivos de Fernando Mondego y la fría ambición política de Villefort.

La figura del abate Faria, mentor y compañero de Dantés en la isla de If, representa la luz en medio de la oscuridad. Su sabiduría y conocimiento, compartidos generosamente con el joven prisionero, lo transforman y preparan para la venganza que marcará su destino. La educación, en este contexto de encierro y desesperación, se convierte en una herramienta de liberación, un arma contra la injusticia que lo ha condenado.

Pero más allá de la fascinante trama de la novela, la historia de François Picaud nos devuelve a la cruda realidad. Su encarcelamiento, motivado por acusaciones falsas de espionaje, nos recuerda que la injusticia no es un mero recurso literario, sino una amenaza latente en cualquier sociedad. La privación arbitraria de la libertad, la fabricación de pruebas y la manipulación de la verdad son prácticas que atentan contra los principios fundamentales del Estado de Derecho.

El debido proceso, pilar de un sistema judicial justo, garantiza la protección de los derechos fundamentales de todo individuo. La presunción de inocencia, el derecho a la defensa, la presentación de pruebas y la imparcialidad del juez son elementos esenciales para asegurar un juicio equitativo. La tortura, como método de obtención de confesiones, es una aberración que deshumaniza tanto a la víctima como al verdugo. La película "Los fantasmas de Goya" nos muestra con crudeza los horrores de la Inquisición y cómo la tortura podía llevar a las personas a confesar cualquier cosa, incluso la absurda afirmación de ser hijo de un orangután.

La obra de Ricardo Raphael, "Fabricación", nos ofrece una mirada escalofriante a la manipulación de la justicia en casos reales. Su investigación meticulosa revela cómo se construyen narrativas falsas, se fabrican pruebas y se utilizan los medios de comunicación para influir en la opinión pública y condenar a inocentes. La realidad, en ocasiones, supera la ficción, mostrándonos la vulnerabilidad del sistema judicial ante la corrupción y la impunidad.

La lucha por la justicia es una tarea constante que requiere la vigilancia y participación activa de la ciudadanía. La defensa de los derechos humanos, la protección del debido proceso y la erradicación de la tortura son imperativos éticos que deben guiar nuestras acciones. Para aquellos que aún languidecen en prisión, víctimas de la indolencia y la incapacidad de las autoridades, la frase "confiad y esperad" del Conde de Montecristo resulta una cruel ironía. La esperanza, sin embargo, no debe extinguirse. La Suprema Corte de Justicia de la Nación, con su reciente fallo sobre las pruebas obtenidas mediante tortura, abre una brecha de luz en la oscuridad. Es fundamental que este precedente se consolide y que el Poder Judicial se convierta en un garante efectivo de la justicia para todos.

Fuente: El Heraldo de México