17 de junio de 2025 a las 09:35
México: ¡La lucha sigue!
Un año después de aquella jornada electoral, la resonancia de la responsabilidad ciudadana sigue vibrando en mí. La polarización, lejos de ser una sentencia de fracaso, se revela como una llamada a la acción, una oportunidad para tejer los hilos rotos del tejido social. No se trata de un optimismo ingenuo, sino de la convicción profunda de que la apatía es el verdadero enemigo a vencer.
La victoria electoral no otorga un cheque en blanco. A quienes les fue confiada la responsabilidad de gobernar, les corresponde hacerlo con la madurez que exigen las circunstancias, con datos que iluminen el camino, con resultados tangibles que hablen por sí mismos y sin el refugio de pretextos. A la oposición, le corresponde la tarea, igualmente crucial, de fiscalizar con responsabilidad, aportando ideas constructivas, no ruido estridente que solo ahonda las divisiones.
Pero la responsabilidad no se limita a quienes ocupan cargos públicos. A nosotros, los ciudadanos de a pie, nos corresponde exigir, participar, construir. No basta con ser meros espectadores, con alzar la voz en quejas estériles. Necesitamos convertirnos en protagonistas de la transformación, entendiendo que México no se reconstruye con discursos vacíos, sino con el trabajo coordinado de todos los sectores, con ideas concretas que aterricen en soluciones y con instituciones robustas que funcionen con la precisión de un reloj. Un buen gobierno es esencial, sin duda, pero no suficiente. Requerimos también una iniciativa privada dinámica y propositiva, una sociedad civil organizada, crítica y activa, dispuesta a involucrarse en la construcción del futuro común.
Escribo desde la trinchera de la salud pública, un espacio que me permite observar de cerca las carencias y las potencialidades de nuestro sistema. Puedo afirmar, con conocimiento de causa, que la transformación no se logrará con promesas vacías ni con eslóganes pegadizos. Se necesita mucho más: decisiones basadas en la evidencia científica, presupuesto suficiente para dotar de recursos a las instituciones, formación continua de profesionales altamente capacitados, regulación efectiva que garantice la calidad de los servicios, prevención como eje central de las políticas públicas y evaluación constante para medir el impacto de las acciones emprendidas. Este mismo principio se aplica a otros sectores clave como la educación, la seguridad y el empleo: la gestión basada en la evidencia es la única vía para lograr una transformación real y sostenible. México debe dejar atrás la improvisación y abrazar la institucionalización como la base de su futuro.
Esta columna no pretende ser una tribuna partidista, sino un puente entre generaciones, entre el conocimiento técnico y el sentir ciudadano, entre la salud pública que estudio y promuevo y el México real que palpita en cada rincón del país: en la clínica rural con escasos recursos, en la escuela con falta de maestros y libros, en el hogar donde la dignidad se mantiene a pesar de la falta de empleo.
Pensar en un México de Primer Mundo no es una utopía, sino una urgencia. Una urgencia que no se materializará con la llegada de un líder mesiánico ni con la simple celebración de elecciones. La transformación vendrá de nuestra capacidad para convertirnos en agentes activos del cambio, de nuestra voluntad para tender puentes sobre las diferencias, de nuestra valentía para alzar la voz con ideas, no con odio, de nuestra determinación para luchar con un rumbo claro y definido.
México no pertenece a quienes lo gobiernan por un periodo determinado, sino a quienes lo construimos día a día. El México que anhelamos no se hereda, se construye. Y esa construcción comienza con cada uno de nosotros. Por el México que queremos, siempre valdrá la pena el esfuerzo.
Fuente: El Heraldo de México