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17 de junio de 2025 a las 12:55
Con Carlos, mano a mano
Sumergidos en una sociedad donde la fe se convertía en un estigma, los Monsiváis Viadas, una familia protestante en un México predominantemente católico, aprendieron a navegar las aguas turbulentas de la discriminación. Las calles, testigos silenciosos de su paso, resonaban con burlas e insultos dirigidos a quienes osaban profesar una fe diferente. “¡Aleluyas!” y “¡Bee, bee, bee!”, ecos de una intolerancia arraigada, marcaban el trayecto de estos "borregos" guiados por sus pastores. Carlos, con su pluma afilada y un humor sarcástico que se convertía en escudo protector, plasmaba en sus artículos las vivencias de una comunidad marcada por la adversidad. Sus palabras, cargadas de ironía, se convertían en un bálsamo para quienes compartían su realidad, un testimonio de resistencia ante la opresión.
Las reuniones familiares, lejos de ser un remanso de paz, a menudo se teñían de tragedia. Las noticias de familias protestantes asesinadas, de pastores víctimas de la violencia, irrumpían en la tranquilidad del hogar, recordándoles la fragilidad de sus vidas. En una ocasión, Carlos, con la valentía que lo caracterizaba, abrió las puertas de su casa a los miembros de una iglesia perseguida, dispuesto a escuchar sus testimonios, a dar voz a quienes se les negaba. Días enteros dedicó a investigar el caso, a documentar los atropellos, y finalmente, a través de las páginas de la revista Proceso, denunció la injusticia ante el mundo.
Pero la vida, a pesar de las sombras, también tenía espacio para la luz. En el recuerdo perdura la imagen de un joven Carlos, a veces inmerso en juegos infantiles con sus primos, otras, refugiado bajo una cama alta, devorando libros con una avidez insaciable. Su dedicación a los estudios era notoria, una promesa de la brillantez que desplegaría en el futuro. Con el tiempo, la admiración de sus primos creció al verlo conectar con personas fuera del círculo familiar y religioso, trascendiendo las barreras impuestas por la sociedad. En la iglesia, Carlos se destacaba en los concursos bíblicos, demostrando una destreza excepcional para encontrar citas y una elocuencia innata en la oratoria. Sus triunfos, constantes e innegables, llegaron a tal punto que se le prohibió competir, una anécdota que él mismo recordaba con humor.
La música, un lenguaje universal que trasciende las diferencias, era otra de las pasiones de Carlos. Su voz, clara y resonante, se unía al coro de la iglesia, entonando himnos y villancicos que llenaban el espacio de armonía. Las reuniones familiares se convertían en escenarios improvisados donde Carlos, acompañado por sus primos, interpretaba canciones que reflejaban sus gustos eclécticos. Su colección de discos, un tesoro musical que incluía desde la conmovedora voz de Mahalia Jackson hasta las melodías folk de Joan Báez, Bob Dylan y Pete Seeger, revelaba la amplitud de sus horizontes musicales. Para sus primos, era una ventana a un mundo sonoro desconocido, una invitación a descubrir artistas que aún no habían llegado a sus oídos. Carlos, con su innata capacidad para conectar con la música, seleccionaba las piezas según la ocasión: música revolucionaria en noviembre, melodías mexicanas en septiembre, cantos religiosos en Semana Santa, y desde octubre, los villancicos navideños que resonaban en la casa hasta el amanecer.
La generosidad de Carlos, un rasgo distintivo de su personalidad, se manifestaba en múltiples formas. Compartía sus descubrimientos literarios, recomendaba libros, informaba sobre temas relevantes, y en Navidad, llegaba cargado de regalos para sus seres queridos, discos y libros que elegía con esmero. Si algún miembro de la familia atravesaba dificultades, Carlos estaba presente, ofreciendo su apoyo incondicional. De sus viajes, traía consigo pequeños tesoros: miniaturas de perfumes que coleccionaba con pasión, ropa elegida con el ojo experto de su amiga Ava Ordorica, y un sinfín de detalles que demostraban su atención y cariño. Incluso facilitaba el encuentro con artistas admirados, como en la ocasión del concierto de Pete Seeger en la Academia de San Carlos, una experiencia que sus primos atesorarían para siempre. Su generosidad se extendía también a los artesanos, a quienes reconocía el valor de su trabajo, pagando un precio justo por sus creaciones. Carlos, en cada gesto, en cada detalle, dejaba una huella imborrable, un legado de generosidad, inteligencia y amor por la cultura.
Fuente: El Heraldo de México