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15 de junio de 2025 a las 09:25

Prepárate para vibrar: ¿De quién es la Copa?

A un año del pitazo inicial del Mundial de Fútbol de América del Norte 2026, la emoción se mezcla con una innegable dosis de incertidumbre. Mientras las eliminatorias se asoman en el horizonte y los preparativos entran en su fase más crucial, la sombra de la política internacional se proyecta sobre el evento deportivo más grande del planeta. Más allá de la cancha, se libra un partido de alta tensión en los terrenos de la diplomacia, la economía y lo social, y la figura de Donald Trump se erige como un factor determinante en este complejo escenario.

La retórica y las políticas de la administración Trump, marcadas por el aislacionismo, el nacionalismo y una postura antimigrante, han sembrado dudas sobre la capacidad de Estados Unidos para albergar una fiesta deportiva de carácter global. La incertidumbre sobre la concesión de visas a aficionados de diversas nacionalidades, especialmente latinoamericanos, y la preocupación por el respeto a sus derechos durante su estancia en territorio estadounidense, son temas que flotan en el aire como un espectro. ¿Podrá garantizarse un ambiente de tolerancia y fraternidad, donde prime el espíritu deportivo por encima de las divisiones políticas e ideológicas?

La historia nos ofrece ejemplos de eventos deportivos instrumentalizados con fines políticos. Los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, bajo el régimen nazi, y el Mundial de Argentina 1978, que sirvió de fachada para una dictadura militar, son recordatorios de cómo la grandilocuencia deportiva puede utilizarse para enmascarar realidades sombrías. El Mundial de 2026 se enfrenta al desafío de no repetir estos episodios oscuros y de ser, en cambio, un genuino espacio de encuentro entre culturas y naciones.

El éxito de este Mundial no solo depende de la destreza en el campo de juego. Requiere de una voluntad política férrea, de una inteligente gestión de los recursos económicos y de una apuesta decidida por la inclusión social. La inauguración en el emblemático Estadio Azteca –que, esperemos, no sucumba a las presiones comerciales y mantenga su nombre histórico– y la final en el MetLife Stadium de Nueva Jersey, deben ser escenarios de unidad, no de discordia.

Más allá de la presencia de las figuras políticas del momento, como Claudia Sheinbaum, Donald Trump y Justin Trudeau (no Mark Carney, quien es economista), lo fundamental es que el balón ruede con libertad, simbolizando la concordia y la buena voluntad entre los pueblos.

El optimismo debe ser cauteloso. Las tensiones internacionales, la polarización política y las incertidumbres económicas son desafíos que no pueden ignorarse. Sin embargo, la esperanza de un Mundial que trascienda las diferencias y promueva la unión a través del deporte, sigue latiendo con fuerza. El tiempo dirá si el Mundial de 2026 será recordado como una auténtica fiesta global o como un reflejo de las divisiones que marcan nuestro tiempo.

La pelota está en la cancha, y no solo en la de los futbolistas, sino también en la de los líderes políticos y de cada uno de nosotros. ¿Estaremos a la altura del desafío? La respuesta, en un año.

Fuente: El Heraldo de México