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14 de junio de 2025 a las 09:20

Descubre Reforma II

El polvo de la historia se asienta sobre el Paseo de la Reforma, revelando las huellas de un ambicioso proyecto imperial truncado por la realidad mexicana. Imaginen la escena: el año 1866, el Segundo Imperio Mexicano en su apogeo, y una calzada majestuosa, el Paseo del Emperador, extendiéndose desde el corazón de la ciudad hasta el Castillo de Chapultepec, la residencia elegida por Maximiliano y Carlota. Pero tras la fachada de grandeza, se escondían las grietas de un imperio frágil.

Los trabajos avanzaban con una lentitud exasperante. Los 290 metros de terraplenes pendientes, las cunetas y cañerías inconclusas, relatados por el arquitecto Ignacio Ulloa del Río, son un testimonio silencioso de las dificultades que enfrentaba el proyecto. Mientras tanto, en la glorieta, los arquitectos Juan y Ramón Agea supervisaban la construcción del monumento a Colón, un símbolo del viejo mundo que contrastaba con la inestabilidad del nuevo. Irónicamente, esa estatua, retirada en 2023, ahora reside en el Museo Nacional del Virreinato, un recordatorio tangible de la efímera existencia del Segundo Imperio.

La condesa Paula Kolonitz, dama de compañía de Carlota, nos ofrece una visión íntima de la realidad imperial, lejos de la pompa oficial. Sus memorias, recogidas en "Un viaje a México en 1864", describen un Castillo de Chapultepec en ruinas, lejos de la residencia digna de un emperador. Incluso relata la primera noche de la pareja imperial en el castillo, plagada de incomodidades, desde "molestos animalitos" hasta el omnipresente polvo. Estas anécdotas, aparentemente triviales, nos revelan la precariedad del imperio y la distancia entre la imagen proyectada y la realidad vivida.

El sueño de Maximiliano de un paseo imperial se desvaneció con la misma rapidez con la que llegó. El fusilamiento del emperador en el Cerro de las Campanas, en 1867, dejó la calzada abandonada, un símbolo de un proyecto inconcluso. Las palabras de Ulloa del Río resuenan con la tristeza de la época: "el triste recuerdo de las paletadas de tierra en la tumba de los soldados y pueblos mexicanos". La calzada, destinada a ser un símbolo del poder imperial, se convirtió en un monumento a la fragilidad del mismo.

Sin embargo, la historia del Paseo no termina con la caída del imperio. Con la restauración de la República, la calzada abandonada resurgió con un nuevo nombre: Calzada Degollado. Y años más tarde, bajo el mandato de Benito Juárez, se transformó en lo que hoy conocemos como Paseo de la Reforma, un espacio público para el disfrute de todos los mexicanos. El reglamento publicado en 1866, con sus prohibiciones y multas, contrasta con la vibrante vida que hoy recorre el Paseo, un testimonio de la transformación de un proyecto imperial en un símbolo de la ciudad.

El Paseo de la Reforma, en su larga historia, ha sido testigo del auge y caída de imperios, de la transformación de una nación. Cada piedra, cada árbol, cada monumento, susurra historias del pasado, invitándonos a reflexionar sobre el poder, la ambición y el destino. Un paseo por esta emblemática avenida es un viaje a través del tiempo, un recordatorio de la constante evolución de México.

Fuente: El Heraldo de México