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14 de junio de 2025 a las 18:15

Alerta en Coyuca: 25 evacuados

La angustia se palpa en el aire húmedo de la Costa Grande. La noche se cernía pesada sobre Venustiano Carranza, en Coyuca de Benítez, mientras la lluvia, inclemente, azotaba sin tregua. El temor, reflejado en los ojos de al menos 25 familias, las obligó a abandonar la seguridad precaria de sus hogares para buscar refugio en una iglesia local, convertida en un improvisado albergue. La solidaridad de la comunidad se hizo patente, ofreciendo cobijo y calor humano ante la adversidad. Imaginen el murmullo de las voces, la incertidumbre en cada rostro, el frío que cala hasta los huesos a pesar del abrigo de las paredes del templo. Niños asustados aferrados a sus madres, ancianos con la mirada perdida en el recuerdo de otras tormentas, jóvenes voluntarios organizando la ayuda, compartiendo un café caliente, una palabra de aliento.

Mientras tanto, en la colonia Tierra Digna, el chapoteo constante del agua acumulándose en las calles resonaba como una amenaza latente. La Policía Estatal, con la misión de proteger y servir, patrulla las calles inundadas, vigilantes ante cualquier emergencia. Su presencia, una luz en la oscuridad, un recordatorio de que no están solos, de que hay alguien velando por su seguridad. Cada charco refleja las luces de las patrullas, creando un juego de sombras que danza al ritmo de la lluvia. Los vecinos, desde las ventanas de sus casas, observan con inquietud el panorama, esperando que la tormenta amaine y que el sol vuelva a brillar.

En Benito Juárez, la prevención se convierte en la mejor arma. Las autoridades recorren las zonas de riesgo: Las Tunas, Arenal de Álvarez, Arenal de Gómez, Hacienda de Cabañas, Playa Paraíso, Playa Llano Real… Nombres que evocan la belleza natural de la región, ahora amenazada por la furia de la naturaleza. Las recomendaciones preventivas resuenan a través de los altavoces, un eco constante que insta a la precaución, a la preparación, a la solidaridad. La voz firme de la autoridad se convierte en un bálsamo para la angustia, un faro que guía en la tempestad.

En Acapulco, la icónica avenida Escénica, que serpentea majestuosamente conectando la zona Dorada con la Diamante, sufre los embates del temporal. El deslizamiento de una roca, como una herida en la piel del paisaje, interrumpe el flujo habitual. La Secretaría de Gestión Integral de Riesgos y Protección Civil del Estado trabaja contrarreloj para restablecer la normalidad, para sanar esa herida. Imaginen la escena: las luces de las máquinas trabajando en la oscuridad, el sonido de las herramientas rompiendo el silencio de la noche, la tensión de los operarios luchando contra los elementos.

Las calles de la zona suburbana se convierten en ríos improvisados, arrastrando piedras y lodo, dejando a su paso un rastro de destrucción. La fuerza del agua, imparable, transforma el paisaje urbano en un escenario desolador. Y en Atoyac de Álvarez, el colapso de dos techos de madera deja a familias a la intemperie, enfrentando la crudeza de la lluvia sin la protección de un hogar. La solidaridad de los vecinos se hace presente una vez más, ofreciendo refugio y consuelo a quienes lo han perdido todo.

La Costa Grande, azotada por las inclemencias del tiempo, se convierte en un escenario de lucha y resistencia. La fuerza de la naturaleza pone a prueba la capacidad de respuesta de las autoridades y la solidaridad de la comunidad. En medio de la oscuridad, la esperanza brilla con la intensidad de un faro, guiando el camino hacia la recuperación, hacia un futuro donde la calma vuelva a reinar.

Fuente: El Heraldo de México