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11 de junio de 2025 a las 04:00

Lágrimas y diplomas: redada arruina graduación

El eco de las sirenas aún resuena en los pasillos de la escuela primaria. Un silencio denso, cargado de incertidumbre y miedo, ha reemplazado la algarabía que debería haber acompañado la ceremonia de graduación. El confeti y los globos parecen ahora una burla cruel ante el drama que se ha vivido entre estos muros, donde el sueño americano se ha transformado en una pesadilla para decenas de familias. Lo que debía ser un día de celebración, un hito en la vida de estos pequeños graduados, se ha convertido en una cicatriz imborrable. El recuerdo de sus padres, arrebatados de sus brazos por agentes de inmigración, eclipsará para siempre la alegría del diploma.

La imagen del trabajador escolar, con el rostro bañado en lágrimas, es un reflejo del desgarro que ha sufrido toda la comunidad. Su voz entrecortada, llena de impotencia y rabia, nos interpela. Nos obliga a preguntarnos, ¿es este el país que queremos? ¿Un país donde el miedo y la separación se imponen a la esperanza y la oportunidad? Sus palabras, cargadas de dolor, resonarán en la conciencia de quienes presenciaron la escena y de quienes la conocemos a través de las redes sociales. "¿En verdad votamos por esto?", se pregunta con desesperación, una pregunta que debería resonar en cada uno de nosotros.

Este no es un caso aislado. Forma parte de una estrategia sistemática que criminaliza la migración, que deshumaniza a quienes buscan refugio y una vida mejor. Se trata de una política de terror que separa familias, que trunca sueños y que siembra el miedo en comunidades enteras. La redada en la escuela primaria de Los Ángeles es una muestra más de la crueldad de un sistema que prioriza la deportación a la integración, el castigo a la comprensión.

Las consecuencias de este acto de barbarie se extenderán mucho más allá del día de la graduación. Los niños que presenciaron la detención de sus padres cargarán con ese trauma durante años. La confianza en las instituciones, en la autoridad, se ha roto. La escuela, un lugar que debería ser sinónimo de seguridad y aprendizaje, se ha convertido en escenario de una tragedia. ¿Cómo explicar a estos pequeños que el país que los acoge, también los expulsa? ¿Cómo reconstruir la confianza perdida?

La indignación que ha generado este suceso no puede quedar en simples palabras. Debemos alzar la voz, exigir un cambio en las políticas migratorias. Debemos construir puentes, no muros. Debemos recordar que detrás de cada migrante hay una historia, una familia, un sueño. No podemos permitir que el miedo y la intolerancia nos definan como sociedad. Es hora de actuar, de exigir justicia y de construir un futuro donde la dignidad y los derechos humanos sean respetados para todos, sin importar su origen o su estatus migratorio. El llanto del trabajador escolar, el terror en los ojos de los niños, deben ser un llamado a la acción, un recordatorio de que la indiferencia nos hace cómplices. No podemos, no debemos, permanecer en silencio.

Fuente: El Heraldo de México