27 de mayo de 2025 a las 09:55
El Legado de MacIntyre
El silencio que dejó la partida de Alasdair MacIntyre resuena en los pasillos de la filosofía. A sus 96 años, el pasado 21 de mayo de 2025, el pensador escocés nos dejó en Edimburgo, pero su legado intelectual, afilado como una espada contra el relativismo moderno, permanece vibrante y desafiante. MacIntyre, un titán del pensamiento ético, nos confrontó con la fragilidad de una moralidad desprovista de raíces, desconectada de la tradición y perdida en el laberinto del individualismo. Su vida, un viaje intelectual fascinante, comenzó en Glasgow en 1929, en los albores de un siglo convulso. Desde sus primeros pasos en el marxismo y la filosofía analítica, MacIntyre demostró una inquietud intelectual insaciable. Sin embargo, como otros pensadores de su época, la promesa materialista se desdibujó ante sus ojos, revelando una profunda insatisfacción. No se conformó con el desencanto. Su búsqueda incansable de una comprensión más profunda de la moralidad lo llevó a cuestionar los cimientos mismos del liberalismo moderno, una herejía para muchos, una revelación para otros.
La década de 1980 marcó un punto de inflexión en su trayectoria. Su conversión al catolicismo, influenciado por gigantes del pensamiento como Santo Tomás de Aquino y San Agustín, no fue una mera adhesión religiosa, sino una profunda transformación intelectual. Esta conversión le brindó un nuevo prisma para analizar la crisis moral de la modernidad, encontrando en la tradición un anclaje contra la deriva relativista. "Tras la Virtud", su obra magna publicada en 1981, se convirtió en un grito de guerra contra la fragmentación ética de nuestro tiempo. En sus páginas, MacIntyre disecciona con precisión quirúrgica las fallas de una moralidad desarraigada de la teleología, de la finalidad del ser humano. La Ilustración, con su promesa de una razón autónoma y universal, había fracasado en su intento de fundamentar la ética sin recurrir a una visión integral del hombre. El resultado, según MacIntyre, es un emotivismo moral, una cacofonía de opiniones subjetivas sin un lenguaje común, donde los juicios éticos se reducen a meras expresiones emocionales.
Pero MacIntyre no se limitó a la crítica. Ofreció una alternativa, un camino de regreso a la tradición aristotélica de la virtud, reinterpretada desde una perspectiva comunitaria y narrativa. Para él, la moralidad no reside en principios abstractos y universales, sino en el cultivo de disposiciones virtuosas dentro de las prácticas sociales, en el seno de comunidades que dan forma a nuestra identidad y propósito. Las virtudes, argumentaba, no se aprenden en el vacío, sino en la interacción con otros, en el contexto de una historia compartida que dota de significado a nuestras acciones. Su obra posterior profundizó en la idea de la existencia de diversas tradiciones racionales, en aparente conflicto. Lejos de caer en el relativismo, MacIntyre buscaba comprender la lógica interna de cada tradición y promover un diálogo crítico entre ellas. Solo dentro de una tradición viva, como la tomista o la aristotélica, podía florecer una moralidad coherente y significativa.
La muerte de Alasdair MacIntyre nos deja un vacío inmenso, pero también un legado invaluable. Su crítica incisiva a la modernidad moral, su defensa apasionada de la virtud y su énfasis en la importancia de la comunidad han revitalizado la filosofía práctica contemporánea. En un mundo cada vez más fragmentado e individualista, su voz resuena con fuerza, recordándonos que la ética no comienza en el individuo aislado, sino en la familia, en la comunidad, en la historia compartida. Su pensamiento, como una brújula, nos orienta hacia una vida buena, una vida plena, una vida enraizada en la tradición y en la búsqueda del bien común. Su legado continuará inspirando a generaciones de pensadores y a todos aquellos que anhelan una moralidad sólida en un mundo líquido.
Fuente: El Heraldo de México