27 de mayo de 2025 a las 09:55
El Fin de una Era
La paradoja salta a la vista: una reforma de tal calado, una ruptura tan profunda con el pasado, se gesta con la premura de un boceto improvisado. La prisa, esa consejera nefasta, se impone donde la paciencia sería virtud. La trascendencia de la llamada Reforma Judicial exigía un proceso más reflexivo, un debate más profundo, un camino menos atropellado para alcanzar un destino más certero. No se trataba de una emergencia que justificara la velocidad, sino de una transformación que merecía la mesura.
El discurso polarizado, lamentablemente, ha secuestrado el debate. De un lado, la visión apocalíptica que pinta un sistema judicial secuestrado por la élite, inaccesible para la mayoría, clamando por una democratización urgente. Del otro, la imagen idílica de una justicia funcional e imparcial, amenazada por una reforma innecesaria. Ambas posturas, en su reduccionismo, nos alejan de la complejidad del problema. Ninguna de ellas refleja la realidad en toda su extensión.
Olvidamos, en la vorágine de los extremos, que las grandes transformaciones, si bien pueden tener un punto de ignición, requieren tiempo y gradualidad para consolidarse. La historia de México es un testimonio elocuente: la Independencia, la Reforma, la Revolución, la Reforma Agraria, todos procesos que se extendieron a lo largo del tiempo, con avances y retrocesos, hasta alcanzar su plena realización. Incluso la institucionalización impulsada por Calles, un proceso más deliberado y controlado, requirió años de esfuerzo.
La procuración e impartición de justicia en México, ese pilar fundamental del Estado de Derecho, demandaba una reforma, sin duda. Pero una reforma más profunda y al mismo tiempo más precisa que la propuesta. Más profunda porque la inoperancia, cuando no la corrupción, de policías, fiscalías y ministerios públicos mina la base misma del sistema. Una reforma que se enfrentara a estos problemas de raíz, con estrategias integrales y de largo plazo.
Al mismo tiempo, una reforma más precisa, menos agresiva en su intervención en el Poder Judicial Federal. Si bien es cierto que se requería una renovación, la forma en que se llevó a cabo genera legítimas preocupaciones. La elección de jueces, al estilo estadounidense, puede ser contraproducente en un país con la historia y el contexto de México. Se corre el riesgo de politizar la justicia, de dejar a las minorías sin la protección de jueces imparciales e independientes.
El centenario del nacimiento de Rosario Castellanos nos recuerda la importancia de la reflexión, de la mirada crítica, de la voz que se alza contra la injusticia. Su legado nos invita a analizar con profundidad las transformaciones sociales, a no conformarnos con las soluciones simplistas, a buscar la justicia real y no la mera simulación. En este contexto, la Reforma Judicial merece una revisión a la luz de los principios que defendió Castellanos: la igualdad, la libertad y la dignidad humana.
Fuente: El Heraldo de México