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28 de mayo de 2025 a las 01:50

El calor extremo: México en llamas

El calor extremo que azota a México no es solo una molestia pasajera, sino una amenaza latente que se cierne sobre nuestro entorno y nuestra forma de vida. Imaginen la tierra agrietada, sedienta, bajo un sol implacable. La evaporación constante de nuestros cuerpos de agua, desde los majestuosos lagos hasta los pequeños arroyos, agrava la escasez hídrica, un problema que ya de por sí nos acecha. Esta sequía, intensificada por las altas temperaturas, se convierte en el caldo de cultivo perfecto para los incendios forestales, voraces lenguas de fuego que devoran hectáreas de bosques y selvas, dejando tras de sí un paisaje desolado y una huella imborrable en la biodiversidad.

Y como si esto fuera poco, el aire que respiramos se vuelve pesado, denso, casi irrespirable. El calor y la radiación solar intensa, combinados con la ausencia de nubes y la quietud del viento, impiden que los contaminantes se dispersen. Quedan atrapados, formando una capa invisible pero peligrosa que nos envuelve y pone en riesgo nuestra salud. Tos, irritación en los ojos, dificultades respiratorias… son solo algunos de los síntomas que podemos experimentar.

La canícula, ese periodo de calor extremo que se extiende entre julio y agosto, no es un fenómeno nuevo. Forma parte del ciclo natural de nuestro clima. Sin embargo, la intensidad y duración que ha alcanzado en los últimos años nos obliga a preguntarnos si algo está cambiando. Mientras que junio nos regala lluvias abundantes, julio y agosto nos sumergen en una sequía que solo se alivia con el regreso de las precipitaciones en septiembre. Este contraste tan marcado tiene consecuencias significativas en la agricultura, la ecología y, por supuesto, en nuestra vida cotidiana.

Las temperaturas pueden superar los 35 grados centígrados, un calor sofocante que pone a prueba nuestra resistencia. Los golpes de calor y la deshidratación se convierten en amenazas reales, especialmente para los más vulnerables: niños, ancianos y personas con enfermedades crónicas. Es crucial tomar precauciones, mantenerse hidratado, evitar la exposición prolongada al sol en las horas de mayor intensidad y buscar refugio en lugares frescos.

La escasez de agua afecta a todos los seres vivos. Los ríos, lagos y pozos ven disminuir su caudal, poniendo en riesgo el suministro para el consumo humano y las actividades agrícolas. Las plantas, sedientas, sufren estrés hídrico, lo que se traduce en una disminución de la producción y la calidad de los cultivos. La canícula, en su intensidad creciente, se convierte en un desafío para la seguridad alimentaria.

El Inecol, una institución dedicada al estudio de la ecología, ha alertado sobre la posibilidad de que el cambio climático esté modificando la canícula. La variabilidad en su intensidad y duración es un indicio preocupante. El año 2003, por ejemplo, fue testigo de una sequía excepcionalmente intensa que dejó una profunda huella en la memoria colectiva. Y no se trata de un caso aislado. En los últimos años, hemos visto cómo la sequía se extiende por vastas regiones del país, como el Bajío y la vertiente del Pacífico, según datos del Servicio Meteorológico Nacional y la Comisión Nacional del Agua.

¿Qué podemos hacer ante este panorama? La respuesta es compleja y requiere un esfuerzo conjunto. Debemos tomar conciencia de la gravedad del problema y adoptar medidas para mitigar sus efectos. Desde acciones individuales, como el uso responsable del agua y la reducción de nuestra huella de carbono, hasta políticas públicas que promuevan la adaptación al cambio climático y la conservación de nuestros recursos naturales. El futuro de nuestro planeta, y el nuestro propio, depende de ello.

Fuente: El Heraldo de México