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27 de mayo de 2025 a las 09:56

Domina el arte del copy: ¡Conviértete en un misil!

La memoria nos lleva a vibrantes jornadas de béisbol, donde la velocidad de un batazo nos arrancaba exclamaciones de asombro. Recuerdo la anécdota de aquel televidente que, con genuina preocupación, cuestionaba el uso del término "misil" para describir una conexión particularmente veloz. Argumentaba que tal lenguaje evocaba imágenes bélicas, inapropiadas para un deporte que, en esencia, celebra la destreza y la estrategia. Una observación, sin duda, respetable, aunque afortunadamente aislada. Seguimos, pues, utilizando la metáfora del misil para describir esos fogonazos que parten del madero, no para alimentar la sed de violencia, sino para pintar con palabras la fuerza bruta de un batazo que, no necesariamente, termina en jonrón.

Y hablando de fuerza bruta, ¿cómo olvidar el batazo demoledor de Oneil Cruz? ¡122.9 millas por hora! Una cifra que nos deja boquiabiertos. Hace apenas unas temporadas, el cubano Aroldis Chapman nos impresionaba con sus rectas de 105.7 mph, una velocidad que, en su momento, nos parecía estratosférica. Su poder nos hacía recordar a leyendas como Nolan Ryan, cuyas hazañas en la loma nos hacen preguntarnos qué velocidades habría alcanzado en una época sin radares. O incluso, nos traía a la mente la historia de aquel lanzador al que, por la potencia descontrolada de sus envíos, se le prohibía lanzar de noche. ¡Demasiado peligroso!

Por eso mismo, siempre hemos insistido en la importancia del lanzador como noveno fildeador. Una sabiduría heredada de grandes instructores, un principio casi instintivo de supervivencia. ¿Cuántas veces hemos visto a un pitcher contorsionarse en una postura casi felina para evitar el impacto de una línea? Movimientos que, a menudo, terminan en una atrapada fortuita, más producto del reflejo que de la técnica. Una carencia defensiva que contrasta con la habilidad de figuras como Babe Ruth, Roger Clemens, Randy Johnson, y ahora, el mismo Shohei Ohtani, quienes dominaban tanto el arte de lanzar como el de fildear.

Estos detalles, a menudo pasados por alto, son los que definen la esencia del béisbol. Un buen lanzador fildeador puede resolver una rola complicada, desviarla para una asistencia clave en primera, o incluso iniciar una doble matanza. Son estas sutilezas las que elevan el juego a un nivel de precisión y estética inigualables. Por eso, la importancia de los drills, esos ejercicios que preparan al jugador para cualquier eventualidad, para todas las combinaciones posibles dentro del diamante.

Consideremos, entonces, la correlación entre la velocidad de los lanzamientos y la de los batazos. Mientras los pitchers rozan las 100 mph con creciente consistencia, los bateadores responden con conexiones que superan las 115 mph, acercándose peligrosamente a las 120 mph. Auténticos misiles, se diga lo que se diga. Una escalada de potencia que redefine los límites del juego, obligándonos a repensar las estrategias y a maravillarnos, una vez más, con la fuerza explosiva que se esconde en el corazón del béisbol.

Fuente: El Heraldo de México