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27 de mayo de 2025 a las 09:55

Domando la Libertad

La libertad económica, un pilar fundamental de las sociedades democráticas, se encuentra en constante tensión con la necesaria regulación estatal. Este delicado equilibrio, donde la capacidad de autodeterminación individual en el ámbito económico se enfrenta a la búsqueda del bienestar colectivo a través de la intervención del Estado, es el eje central del debate contemporáneo sobre el desarrollo económico. No se trata de una simple dicotomía, sino de una compleja interacción donde ambos elementos deben coexistir y complementarse.

El auge de la economía de mercado en el siglo XIX trajo consigo la conceptualización de la libertad económica como un derecho inherente a los individuos. La posibilidad de elegir el trabajo u oficio para satisfacer las propias necesidades se convirtió en un elemento esencial del progreso. Este principio, en un régimen democrático, debe ser interpretado de la manera más amplia posible, cuestionando cualquier restricción que limite esta facultad fundamental. La innovación, motor del crecimiento económico, florece en un ambiente de libertad de pensamiento y acción. La capacidad de autodeterminación en la investigación y la creación es indispensable para el desarrollo de nuevas ideas, productos y servicios. Sin libertad, la imaginación se estanca y el progreso se ralentiza. La innovación no se decreta, se cultiva en un entorno que la promueva y proteja.

Sin embargo, la libertad económica no puede existir en un vacío. La compleja estructura económica moderna, con sus múltiples variables e interacciones, requiere de la intervención del Estado para garantizar un funcionamiento ordenado y equitativo. El poder público, a través de la regulación, busca el bienestar colectivo, corrigiendo fallas del mercado y protegiendo a los más vulnerables. Pero este poder debe estar sujeto a límites claros y precisos para evitar derivar en un control arbitrario y despótico que socave la libertad individual.

La Constitución, en los regímenes democráticos, establece el marco jurídico que delimita el poder del Estado. Al definir las atribuciones de los entes públicos, se establecen límites a su actuación, protegiendo así los derechos fundamentales de los ciudadanos. En el ámbito económico, este equilibrio se traduce en la facultad del Estado para regular la actividad económica sin anular la libertad individual. La regulación debe partir del principio de que está normando la libertad económica, y cualquier restricción a la misma debe estar justificada por un beneficio colectivo evidente. No se trata de suprimir la libertad, sino de encauzarla hacia el bien común.

La clave reside en la proporcionalidad y la justificación. Toda intervención del Estado en la economía debe estar respaldada por una razón de interés público, y su alcance debe ser el mínimo necesario para lograr el objetivo perseguido. La regulación debe ser transparente, predecible y no discriminatoria, promoviendo la competencia y evitando la creación de monopolios u oligopolios que limiten la libertad de elección de los consumidores.

El debate sobre la libertad económica y la regulación estatal está lejos de ser concluido. En un mundo en constante transformación, con nuevos desafíos y oportunidades, la búsqueda del equilibrio entre estos dos elementos esenciales seguirá siendo un tema central en la agenda política y económica. La clave para el progreso reside en la capacidad de encontrar soluciones que promuevan la innovación y el crecimiento económico, al tiempo que se garantiza la justicia social y la protección de los derechos fundamentales de todos los ciudadanos. Un diálogo abierto, informado y participativo es esencial para construir un futuro donde la libertad y el bienestar sean compatibles y complementarios.

Fuente: El Heraldo de México