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26 de mayo de 2025 a las 12:45

La Maldad según Saccomanno

La llegada de la familia Esterházy al antiguo hotel del soñoliento pueblo costero argentino no fue precisamente un acontecimiento discreto. No, su presencia se sintió como una piedra arrojada a un estanque aparentemente tranquilo, generando ondas expansivas que revelaron las grietas ocultas bajo la superficie de la aparente armonía comunitaria. No eran forasteros ruidosos ni extravagantes, al contrario, su enigma radicaba en su silencio, en la ausencia de un pasado conocido, un vacío que la gente del pueblo se apresuró a llenar con sus propias sospechas y prejuicios.

Este microcosmos social, regido por los silencios cómplices y las murmuraciones a media voz, se vio repentinamente expuesto bajo la luz incómoda de lo diferente. La familia Esterházy, con sus dos hijos, se convirtió en un espejo deformante que reflejaba las miserias ocultas del pueblo, sacando a flote la violencia latente, los miedos ancestrales y la intolerancia que se ocultaba bajo el barniz de la normalidad. No se trataba de una transformación, sino de una revelación: la podredumbre ya estaba allí, agazapada, esperando el momento propicio para manifestarse.

En este escenario de tensiones, las mujeres del pueblo emergen como figuras centrales, encarnando una resistencia silenciosa pero poderosa. Una de ellas, en particular, utiliza su cuerpo como herramienta de lucha, no como víctima ni como heroína, sino con la astucia visceral de quien conoce las reglas del juego y sabe cómo usarlas a su favor. Su inteligencia no se mide en títulos académicos, sino en la capacidad de sobrevivir en un mundo hostil. Esta mujer, al igual que las madres y abuelas que buscan incansablemente a sus desaparecidos, representa la fuerza vital que se niega a ser silenciada. Ellas, con su valentía y tenacidad, se convierten en un referente no solo para Argentina, sino para el mundo entero.

La narrativa, fragmentada y cortante, refleja la propia naturaleza del mundo que describe: un mundo roto, interrumpido, donde las frases golpean como puños y se desvanecen sin dar respiro. La influencia de autores como Faulkner, Rulfo, McCullers, Lynch y Arlt se entrelaza en una amalgama literaria que combina el policial, el realismo sucio, el gótico y el melodrama, creando una atmósfera densa y opresiva que se adhiere al lector como una segunda piel.

Este pueblo costero, con sus secretos y sus silencios, se convierte en una metáfora de la realidad que se vive no solo en Argentina, sino en muchos rincones del mundo. La concentración del poder en pocas manos, la desigualdad económica, la liquidación de los ministerios de trabajo y salud, son síntomas de una enfermedad social que se extiende como una plaga. La esperanza, sin embargo, persiste en la lucha de clases, en la posibilidad de un frente común que pueda ofrecer una salida a la crisis. Y en México, a pesar de la proximidad del "monstruo", se percibe un optimismo cauteloso, una luz que se asoma en el horizonte.

La literatura, en este contexto, se convierte en una herramienta de incomodidad, una forma de cuestionar la realidad y de exponer las heridas ocultas. Como la obra de Juan Rulfo, que con sus muertos que hablan en susurros, nos enseña que lo fantástico no necesita de espectros cuando la realidad misma es un escenario de pesadilla. Arderá el viento, con su prosa afilada y su mirada crítica, nos invita a reflexionar sobre los silencios que sostienen nuestras sociedades enfermas y a buscar, en la resistencia de las mujeres, la fuerza para construir un futuro diferente.

Fuente: El Heraldo de México