26 de mayo de 2025 a las 09:35
Domina tu tiempo: Delega
Criar hijos es un acto de amor incondicional, una entrega constante que nos impulsa a protegerlos y a allanarles el camino. Queremos lo mejor para ellos, un futuro brillante y libre de obstáculos. Nos esforzamos por brindarles todas las comodidades, por evitarles cualquier sufrimiento. Y en ese afán, en esa noble intención, a veces, sin darnos cuenta, caemos en la trampa de la sobreprotección. Nos convertimos en madres helicóptero, revoloteando sobre ellos, listas para rescatarlos ante la mínima señal de adversidad. Les hacemos la cama, les preparamos el desayuno, recogemos su ropa… tareas que, aunque nacen del amor, les impiden desarrollar habilidades cruciales para la vida. Les robamos, sin querer, la oportunidad de aprender, de crecer, de fortalecerse.
La cultura mexicana, rica en tradiciones y valores familiares, nos ha inculcado la importancia de cuidar a los nuestros, de entregarnos en cuerpo y alma a su bienestar. Es una herencia invaluable, un legado de amor y sacrificio. Pero, en ocasiones, esa misma cultura nos empuja a un extremo, a una sobreprotección que, paradójicamente, puede debilitar a quienes más amamos. Nos hace creer que al hacer todo por ellos, les estamos demostrando nuestro amor, cuando en realidad, les estamos negando la posibilidad de descubrir su propio potencial.
El estudio de Harvard, un análisis exhaustivo de más de 75 años, lo confirma: los niños que participan en las tareas del hogar desde temprana edad tienen mayores probabilidades de ser adultos felices y exitosos. No se trata simplemente de lavar un plato o doblar una camiseta. Se trata de inculcarles el sentido de la responsabilidad, de la colaboración, de la pertenencia. Se trata de enseñarles que son parte de un equipo, que sus acciones tienen consecuencias y que su contribución es valiosa. Al involucrarlos en las tareas domésticas, les estamos dando las herramientas para construir una autoestima sólida, la base para enfrentar los retos del futuro con confianza y determinación.
Es cierto, es más fácil hacerlo nosotras mismas. Ahorramos tiempo, evitamos discusiones, nos aseguramos de que todo quede perfecto. Pero al asumir todas las responsabilidades, les estamos privando de la satisfacción de lograr algo por sí mismos, de experimentar la alegría del trabajo bien hecho. Les negamos la oportunidad de desarrollar la autonomía, la independencia, la capacidad de resolver problemas. Los convertimos en seres dependientes, incapaces de valerse por sí mismos en un mundo que exige resiliencia, iniciativa y autonomía.
La "técnica de los siete minutos", una estrategia simple pero efectiva, nos demuestra que es posible involucrar a toda la familia en las tareas del hogar. Siete minutos de colaboración, siete minutos de trabajo en equipo, pueden transformar el caos en orden, la pereza en proactividad. Y lo más importante, pueden fortalecer los lazos familiares y fomentar el sentido de responsabilidad en todos los miembros del hogar. No importa el tamaño de la familia, la edad de los niños o la distribución de las tareas. Lo fundamental es la participación, la constancia y el compromiso de todos.
Es un cambio de mentalidad, un desafío a nuestras creencias más arraigadas. Requiere esfuerzo, paciencia y perseverancia. Habrá días en que queramos rendirnos, en que la tentación de hacerlo todo nosotras mismas sea irresistible. Pero debemos recordar que el amor verdadero no se manifiesta en la sobreprotección, sino en la formación de individuos capaces, seguros de sí mismos y preparados para la vida. Preguntémonos, entonces: ¿quién hará por ellos lo que nosotros hacemos, cuando ya no estemos? La respuesta es simple: ellos mismos. Y nuestra misión, como madres, es darles las herramientas para que puedan hacerlo con éxito.
Fuente: El Heraldo de México