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24 de mayo de 2025 a las 09:20

Libérate del Club

El mundo observa con creciente inquietud el resurgir de liderazgos autoritarios que, amparados en la retórica del nacionalismo y la seguridad, erosionan los principios democráticos y los derechos humanos. A cinco años de la pandemia del COVID-19, una nueva crisis, quizás más insidiosa, se cierne sobre la comunidad internacional: la consolidación de un bloque de poder sustentado en la represión, la segregación y la expansión territorial. No se trata de casos aislados, sino de una preocupante sinergia entre líderes que se apoyan mutuamente, tejiendo una red de complicidades que amenaza con reconfigurar el orden mundial bajo el signo del autoritarismo.

La situación en la Franja de Gaza se erige como un ejemplo paradigmático de esta dinámica. El aparente respaldo del presidente estadounidense Donald Trump a las acciones del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, lejos de promover la paz, ha exacerbado el conflicto y alimentado la espiral de violencia. La justificación de la recuperación de rehenes y la lucha contra Hamás se entrelaza con ambiciones territoriales y políticas, dejando al descubierto la fragilidad de la vida humana en el tablero geopolítico. La idea de construir una Riviera en Gaza tras el desplazamiento de la población palestina no solo resulta escalofriante, sino que revela la deshumanización que subyace a estos proyectos de poder.

La renovada legitimidad que Netanyahu parece obtener de este conflicto, ofusca las acusaciones de corrupción y los cuestionamientos a su liderazgo que lo acechaban. Sin la tragedia de los 1200 muertos y 245 secuestrados, el escenario político israelí sería radicalmente distinto. Este contexto permite a Trump, desde su posición de liderazgo global, ejercer una influencia determinante en la región, no con la intención genuina de mediar en el conflicto, sino con el objetivo de obtener beneficios económicos y geopolíticos.

Esta dinámica de apoyo mutuo se replica en otros escenarios. El presidente ruso Vladimir Putin, prácticamente aislado por la comunidad internacional tras la invasión a Ucrania, encuentra un inesperado aliado en Trump. Las conversaciones entre ambos líderes, lejos de encaminar una solución pacífica, se convierten en un teatro de reclamos territoriales y ambiciones expansionistas. Mientras Putin exige la anexión de territorios ucranianos, Trump condiciona su intervención a la explotación de las reservas de tierras raras, el nuevo oro del siglo XXI.

En América Latina, el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, se erige como otro ejemplo de esta tendencia autoritaria. Amparado en la retórica de la lucha contra el crimen, implementa políticas represivas que vulneran los derechos humanos y consolidan su control sobre el poder. La permisividad de Trump hacia estas prácticas no solo legitima la violencia, sino que alienta la proliferación de regímenes autoritarios en la región.

El denominador común de estos líderes es la apelación al nacionalismo exacerbado, la xenofobia, la segregación y el desprecio por la globalización. Su afán por consolidar su poder y expandir su influencia representa una amenaza para la democracia y la estabilidad internacional. Ante este panorama, resulta crucial la unidad y la firmeza de la comunidad internacional para defender los valores democráticos y promover un orden mundial basado en la paz, el respeto y la cooperación.

En medio de la turbulencia y la incertidumbre, es importante recordar la fragilidad de la vida y la importancia de la solidaridad humana. En estos momentos de dolor, quiero expresar mi más sentido pésame a Daniel Martínez y Claudia Villagómez por la irreparable pérdida de su hijo. Un fuerte abrazo y mis condolencias a la familia.

Fuente: El Heraldo de México