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24 de mayo de 2025 a las 15:05
Justicia para una madre, testigo su hija
Diecinueve años. Casi dos décadas han pasado desde aquella fatídica madrugada en Reynosa, donde la música se silenció a tiros. Valentín Elizalde, "El Gallo de Oro", dejó un vacío imborrable en el panorama musical mexicano, un eco que aún resuena en los corazones de sus seguidores. Su legado, sin embargo, no solo vive en sus canciones, sino también en la familia que dejó atrás: sus hermanos, su madre, y sus tres hijas, Gabriela, Valentina y Valeria, quienes tuvieron que crecer bajo la larga sombra de la tragedia.
Para Valeria, la pérdida de su padre fue solo el preludio de otro golpe devastador. Diez años después, la historia se repitió con una crueldad inimaginable. El recuerdo de aquel 20 de junio de 2016 la persigue como una sombra. Una mañana cualquiera, un paseo rutinario al centro de Ciudad Obregón con su madre, Blanca Vianey Durán Brambila, se transformó en una pesadilla. Iban a la panadería, ultimando detalles para la fiesta de quince años de Valeria, un sueño que pronto se desvanecería entre el humo de la pólvora.
La imagen es desgarradora: un hombre, casi una silueta anónima con camisa a cuadros y pantalón azul, se acerca a Blanca. Sin mediar palabra, sin una mirada, dos disparos a quemarropa silencian su vida para siempre. Blanca cae al suelo, mientras su hija, con apenas 14 años, es testigo del horror, del brutal asesinato de su madre. Los gritos, el caos, la desesperación… una escena que ninguna niña debería presenciar.
La ayuda llegó, las sirenas rompieron el silencio, pero ya era demasiado tarde. Blanca Vianey, el gran amor de Valentín Elizalde y madre de su hija, se unió a él en la tragedia, dejando a Valeria huérfana, con un dolor que ninguna palabra puede describir. La fiesta de quince años, tan esperada, se transformó en un doloroso recordatorio de lo que nunca sería. La Parroquia Santuario de Guadalupe, donde se celebraría la misa, quedó impregnada de un silencio lleno de preguntas sin respuesta.
Nueve años después, el crimen sigue impune. La identidad del asesino, sus motivos, se pierden en un laberinto de incertidumbre y silencio. La justicia, para Valeria, sigue siendo una promesa incumplida.
Pero la vida, en su incesante fluir, ha traído una nueva luz a la vida de Valeria. La joven, marcada por la tragedia, ha encontrado la fuerza para seguir adelante, para construir su propio camino. Ahora, es madre de una hermosa niña, una nueva generación que lleva la inicial "V" en su nombre, un homenaje silencioso a Valentín y Vianey, un recordatorio de un legado marcado por el dolor, pero también por la esperanza. La pequeña "V" representa la continuidad de la vida, la fuerza del amor que trasciende la muerte, la promesa de un futuro donde, ojalá, la violencia ceda paso a la paz y la justicia finalmente encuentre su camino.
Fuente: El Heraldo de México