23 de mayo de 2025 a las 09:20
El dilema electoral
La democracia, un sistema imperfecto, a veces incluso profundamente defectuoso, se construye y se defiende con la participación, no con la ausencia. Ante la proximidad de unas elecciones judiciales, cuestionadas, rodeadas de escepticismo y quizás con razón, surge la tentación del silencio, de la abstención como supuesta forma de protesta. Sin embargo, renegar del voto, autoexcluirse del proceso, es un espejismo, una ilusión peligrosa que allana el camino a la consolidación de aquello que precisamente se critica.
Imaginemos un jardín. Un jardín descuidado, plagado de malas hierbas, con flores marchitas y árboles que necesitan poda. ¿La solución es abandonarlo a su suerte? ¿Dejar que la maleza lo invada por completo, que las plagas lo consuman? Evidentemente, no. La solución, por ardua que sea, es trabajar la tierra, arrancar las malas hierbas, podar lo que esté dañado, abonar y sembrar nuevas semillas. La democracia, como ese jardín, requiere de un cuidado constante, de una participación activa que la nutra y la fortalezca.
Abstenerse es como abandonar el jardín. Es dejar que otros, con sus propios intereses, quizás ajenos al bien común, se apropien del espacio y lo moldeen a su antojo. El vacío que deja la no participación es rápidamente ocupado por quienes sí están dispuestos a ejercer su influencia, y no siempre con las mejores intenciones.
El voto, aunque en un sistema imperfecto, sigue siendo la herramienta más poderosa que tenemos los ciudadanos para incidir en el rumbo de nuestro país. Es la forma de expresar nuestra voluntad, de exigir rendición de cuentas, de impulsar los cambios que consideramos necesarios. No votar es ceder ese poder, es renunciar a la posibilidad de influir en las decisiones que nos afectan a todos.
Es cierto que participar en un proceso cuestionado puede generar la sensación de estar legitimando una farsa. Pero la alternativa, la inacción, es aún más peligrosa. ¿Qué se logra con el silencio? ¿Acaso los problemas se resuelven solos? La historia, llena de ejemplos de dictaduras y autoritarismos, nos demuestra que la apatía ciudadana es el caldo de cultivo perfecto para el abuso de poder.
Participar no significa aprobar incondicionalmente el sistema. Votar no es sinónimo de resignación. Al contrario, es un acto de rebeldía, una forma de decir "estoy aquí, existo, y mi voz cuenta". Es la oportunidad de elegir, dentro de las opciones disponibles, la que consideramos menos perjudicial, la que abre una pequeña grieta para el cambio. Es la posibilidad de plantar una semilla de esperanza en ese jardín descuidado que es nuestra democracia.
La abstención, presentada como una forma de resistencia simbólica, es en realidad una rendición disfrazada. Los verdaderos cambios no se gestan desde la ausencia, sino desde la presencia activa, crítica y vigilante. La verdadera resistencia se construye con la participación, con el voto, con la exigencia constante de un sistema más justo y transparente.
No nos engañemos: la abstención no es una solución, es un problema. Es la renuncia a nuestra responsabilidad como ciudadanos, es la entrega de nuestro futuro a manos de otros. Por eso, a pesar de las dudas, a pesar de las imperfecciones, participar es un deber cívico, un acto de defensa de la democracia, un compromiso con el país que queremos construir.
Por eso, vota. Tu voz importa. Tu participación es la semilla del cambio.
Fuente: El Heraldo de México