21 de mayo de 2025 a las 04:50
Tragedia en Brooklyn: Marino oaxaqueño fallece en accidente
La brisa marina, esa misma que Adal Yair conocía tan bien, acarició las calles de San Mateo del Mar, Oaxaca, llevando consigo un susurro de tristeza. No era el murmullo habitual del viento jugueteando con las olas, sino un lamento profundo que resonaba en el corazón de cada ikoots. Adal Yair, el hijo del mar, había regresado a casa, pero no con la alegría del marinero que vuelve de la travesía, sino envuelto en la bandera tricolor, símbolo de un servicio truncado por la tragedia. El Buque Escuela Cuauhtémoc, majestuoso embajador de México en los mares del mundo, se había convertido en escenario de una pesadilla en las lejanas aguas de Nueva York, bajo la sombra imponente del puente de Brooklyn. Y allí, en ese choque de metal y sueños rotos, Adal Yair, con apenas 23 años, había entregado su vida al océano que tanto amaba.
Su pueblo, aferrado a sus tradiciones ancestrales, lo recibió con el respeto y el dolor que solo una comunidad unida puede expresar. No hubo espacio para las cámaras, ni para los micrófonos que buscan la noticia efímera. Los familiares, con el corazón desgarrado, pidieron silencio, un espacio sagrado para el duelo, para despedir a su hijo en la intimidad de su tierra. La autoridad municipal, comprendiendo el peso de la tradición y el dolor de la familia, cerró las puertas del pueblo a la mirada externa. Filtros de seguridad custodiaban las calles, permitiendo únicamente el paso de quienes compartían el luto, de quienes conocían el valor de un hijo del mar. Los elementos de la Policía Municipal y de la Secretaría de Marina, presentes en un gesto de respeto y solidaridad, velaban por la tranquilidad de la familia y la comunidad.
El recorrido por las calles de San Mateo del Mar fue un río de lágrimas contenidas, de miradas perdidas en el recuerdo. El féretro, envuelto en la bandera de México, parecía flotar sobre las cabezas de quienes acompañaban a Adal Yair en su último viaje. En la explanada central, el corazón del pueblo, el tiempo se detuvo. Los honores rendidos al joven marino se mezclaron con los rituales ancestrales ikoots, una despedida que unía la tradición marinera con la profunda espiritualidad de la tierra. El humo del copal se elevó al cielo, llevando consigo las plegarias y el dolor de un pueblo entero.
Finalmente, el cortejo fúnebre se dirigió al panteón municipal. Allí, bajo la mirada vigilante de sus ancestros, Adal Yair fue entregado a la Madre Tierra. El silencio se rompió con los sollozos de la familia, con el canto melancólico del viento marino. San Mateo del Mar despidió a su hijo, al marinero que soñaba con surcar los océanos del mundo, al joven cuya vida fue arrebatada demasiado pronto. Su recuerdo, como la huella imborrable de las olas en la arena, permanecerá para siempre en el corazón de su pueblo. Y cada vez que la brisa marina acaricie las calles de San Mateo, susurrará el nombre de Adal Yair, el hijo del mar que regresó a casa para descansar en paz.
Fuente: El Heraldo de México