21 de mayo de 2025 a las 09:25
Supera el bajón
La maquinaria política mexicana, una vez más, nos confronta con sus intrincados engranajes y sus zonas grises. El caso del senador Fernández Noroña y el abogado que lo increpó en el aeropuerto nos obliga a reflexionar sobre la delicada salud de nuestra democracia. Más allá del intercambio de ofensas, se vislumbra un problema de fondo que atañe a la esencia misma de la convivencia política: ¿dónde trazamos la línea entre la legítima crítica, la libertad de expresión y el abuso de poder?
La trayectoria del Partido del Trabajo (PT), su simbiosis casi parasitaria con Morena, plantea interrogantes sobre la verdadera representatividad de estos partidos y el papel que juegan en el sistema. ¿Son realmente vehículos para la expresión de la voluntad popular o meras herramientas para la consecución del poder? La facilidad con la que Fernández Noroña transita entre ambos partidos, como si de un simple cambio de vestuario se tratara, refuerza la percepción de una instrumentalización de las siglas partidistas.
La reforma al Poder Judicial, impulsada por el obradorismo, se presenta como otro punto de fricción. Mientras que el oficialismo argumenta la necesidad de una transformación profunda, las voces críticas denuncian una politización de la justicia y una creciente vulnerabilidad ante la influencia de intereses ajenos al bien común. En este escenario, la confrontación entre el senador y el abogado se convierte en un microcosmos del debate nacional, una muestra palpable de la polarización que atraviesa la sociedad mexicana.
Si bien la conducta del abogado, con sus gritos e insultos, es reprochable, la respuesta del senador, utilizando su posición de poder para exhibir y, en cierta medida, coaccionar al ciudadano, resulta igualmente preocupante. La disculpa forzada, orquestada en un escenario tan inapropiado como el Senado, deja un sabor amargo y la sensación de que la balanza de la justicia no siempre se inclina del lado correcto.
El derecho a la crítica, a la disidencia, es un pilar fundamental de cualquier democracia. Es esencial que los ciudadanos puedan expresar su descontento, su desacuerdo con las políticas públicas y la actuación de sus representantes, sin temor a represalias. Sin embargo, esta libertad no puede ser un cheque en blanco para la violencia verbal, la difamación o la incitación al odio.
El incidente del aeropuerto, amplificado por las redes sociales, nos invita a reflexionar sobre el papel de estos nuevos espacios de comunicación en el debate público. Si bien pueden ser herramientas poderosas para la democratización de la información y la participación ciudadana, también conllevan el riesgo de la manipulación, la desinformación y la propagación de discursos de odio.
En definitiva, el caso de Fernández Noroña y el abogado nos deja con más preguntas que respuestas. Nos obliga a mirarnos en el espejo como sociedad y a preguntarnos qué tipo de democracia queremos construir. Una democracia donde la libertad de expresión se ejerza con responsabilidad, donde el debate se base en argumentos y no en insultos, y donde el poder se utilice para servir a los ciudadanos, no para acallarlos. El camino hacia una sociedad más justa y democrática es largo y complejo, pero es un camino que debemos recorrer juntos, con diálogo, respeto y tolerancia.
Fuente: El Heraldo de México