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21 de mayo de 2025 a las 09:30
Prepárate para lo que viene
La incertidumbre se cierne sobre el mundo. Como una niebla espesa, la confluencia de la revolución tecnológica, la irrupción disruptiva de la inteligencia artificial y la volatilidad en los liderazgos globales, ha sumido a la comunidad internacional en un estado de perplejidad. Los sistemas de creencias, antes sólidos como rocas, se resquebrajan ante la velocidad del cambio. Las previsiones de los centros de pensamiento, otrora faros en la oscuridad, se han vuelto obsoletas, casi ridículas ante la magnitud de la transformación. La "mano invisible" del mercado, en la que tantos depositaron su fe, parece temblar, incapaz de sujetar las riendas de una economía global cada vez más fragmentada. El "fin de la historia", proclamado con bombos y platillos, se revela como un espejismo en el desierto de la complejidad actual. Ni el liberalismo triunfante ni los totalitarismos, con sus cantos de sirena, han logrado construir el paraíso prometido. Nos encontramos, pues, en una encrucijada histórica.
La desigualdad, como una grieta profunda, divide al mundo en dos. La ansiedad y la pérdida del sentido de la vida, exacerbadas por la pandemia, corroen el tejido social. La discontinuidad se ha convertido en la norma, fragmentando nuestra comprensión del mundo hasta volverlo, en palabras del antropólogo Jamais Cascio, incomprensible. En este escenario, las agendas de poder se entretejen, cada una buscando moldear el futuro a su imagen y semejanza.
Ante este panorama desolador, la voz del Papa León XIV resuena con un llamado a la unidad y la fraternidad. Como un bálsamo sobre las heridas abiertas del mundo, sus palabras nos recuerdan la necesidad de sanar las divisiones causadas por el odio, la violencia y el prejuicio. Su crítica al paradigma económico imperante, que explota los recursos naturales y margina a los pobres, es un llamado a la justicia y la verdad. Su propuesta de construir puentes de diálogo y entendimiento es una luz de esperanza en la oscuridad.
Pero no basta con la propuesta, por más noble que sea. Se requieren acciones concretas, mecanismos multilaterales que permitan traducir las palabras en hechos. El desafío de la inteligencia artificial, por ejemplo, es monumental. Su potencial para crear una falsa ilusión de objetividad política, convirtiendo a los ciudadanos en meros consumidores de decisiones automatizadas, es un peligro latente. El riesgo de anular el diálogo y la reflexión política en favor de soluciones algorítmicas, carentes de humanidad y ética, como advierte Daniel Innerarity, es real y exige una respuesta contundente.
La Doctrina Social de la Iglesia, un tesoro de principios, valores y orientaciones para la acción social, se presenta como una herramienta invaluable para navegar en estas aguas turbulentas. Su sabiduría ancestral puede iluminar el camino hacia un futuro más justo y fraterno.
La mirada del mundo se posa ahora sobre los líderes de la comunidad internacional. La esperanza reside en que prevalezca la serenidad, la apertura y la voluntad de diálogo. Es imperativo que la belicosidad y los extremismos sean desterrados para siempre. Solo así, a través del entendimiento mutuo y la colaboración sincera, podremos construir un mundo donde la paz, la justicia y la fraternidad sean la norma, no la excepción. El futuro de la humanidad depende de ello.
Fuente: El Heraldo de México