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21 de mayo de 2025 a las 12:40

Misión: Imposible en la CDMX

La euforia se palpaba en el aire. Cientos de rostros iluminados por la emoción, cientos de voces coreando un mismo nombre: Tom Cruise. El Auditorio Nacional, imponente bajo el cielo nocturno de la CDMX, se convirtió en el epicentro de un auténtico tsunami de fans que, abarrotaban las escalinatas, ansiosos por vislumbrar al legendario actor. La alfombra roja del estreno de Misión Imposible: Sentencia Final se desplegaba como un camino real hacia la leyenda, la culminación de una saga que ha marcado a generaciones.

Desde el momento en que la camioneta que transportaba a la estrella de "Top Gun" y "Al filo del mañana" hizo su aparición, la multitud estalló en un clamor ensordecedor. Pósters, DVDs, figuras coleccionables… tesoros atesorados por años que, en ese instante, se convertían en lienzos para la firma del ídolo. Cruise, con la generosidad que lo caracteriza, regaló a sus fanáticos casi tres horas de interacción, un gesto que trascendió la simple cortesía para convertirse en un recuerdo imborrable. Selfies, autógrafos, miradas cómplices… cada instante se grababa a fuego en la memoria de los presentes.

“¡Tom, hermano, ya eres mexicano!”, gritaba la multitud enardecida, un grito que resonaba en la noche capitalina, un grito que expresaba la profunda admiración y el cariño del público mexicano. “¡Tom!, ¡Tom!, ¡Tom!”, el cántico se repetía, impulsado por la energía contagiosa de Yordi Rosado y Angélica Vale, quienes, desde el escenario, avivaban la llama de la emoción regalando boletos para la premiere. La respuesta del actor, simple y contundente, resonó con la fuerza de una declaración de amor: “Muchas gracias, lo soy”.

Cruise no llegó solo a la tierra azteca. A su lado, Christopher McQuarrie, el director que ha dado forma a las últimas entregas de Misión Imposible, compartía la emoción del momento. Ambos, destacaron la importancia de visitar México, un país que, en palabras del propio director, enamora por su belleza, su cultura, su gastronomía y la calidez de su gente. “Nos han dado una gran bienvenida”, afirmó McQuarrie, palabras que resonaron con la sinceridad de quien se siente realmente acogido.

La complicidad entre Cruise y McQuarrie era palpable. Hablaban de la película, de las escenas de acción, del proceso creativo… y en sus palabras se percibía la pasión de dos artistas que disfrutan al máximo de su trabajo. “Ha sido muy divertido y me siento como un niño jugando con mis juguetes y soñando siempre. Es asombroso”, confesó Cruise, refiriéndose a la experiencia de colaborar con McQuarrie.

La conversación, inevitablemente, derivó hacia la escena más arriesgada de Sentencia Final, una acrobacia que desafía los límites de lo imaginable: Cruise, suspendido de una avioneta en pleno vuelo, sosteniéndose con sus propias manos, obligado a controlar su respiración para sobrevivir a la velocidad del avión, que superaba los 140 km/h. "No tengo idea de cómo lo haremos pero lo descubriremos”, recordó Cruise, parafraseando la frase que pronunció al proponer la increíble hazaña.

El clímax de la noche llegó con un grito que resonó con la fuerza de un huracán: “¡Viva México!”, exclamó Cruise, antes de abandonar la alfombra roja. La respuesta del público fue inmediata, un rugido unánime que retumbó en el Auditorio Nacional: “¡Viva!”. Un instante de conexión profunda, una comunión entre el ídolo y sus fans. “Fue una experiencia muy emocional y se dio una conexión de un grado familiar”, confesaría más tarde el propio Cruise, palabras que resumen a la perfección la magia de una noche inolvidable.

Fuente: El Heraldo de México