21 de mayo de 2025 a las 15:00
Madre implora: Devuelvan a Lyan
La angustia se palpa en el aire de Jamundí, Valle del Cauca. Han pasado 17 días desde que el pequeño Lyan Hortúa, de tan solo 11 años, fue arrancado de los brazos de su familia. Diecisiete días que se han convertido en una eternidad para Angie Bonilla, su madre, quien con el corazón desgarrado implora por el regreso sano y salvo de su hijo. Su voz, quebrada por el dolor, se une al clamor colectivo que exige el fin de esta pesadilla.
Las imágenes del secuestro, captadas por las cámaras de seguridad del hogar, han conmocionado al país. En ellas se observa la brutalidad del acto: al menos cinco individuos, armados y encapuchados, irrumpiendo en la tranquilidad del hogar. La violencia con la que someten a Angie y a la empleada doméstica, el terror en los ojos del pequeño Lyan, quien con sus manos en alto intenta protegerse de la amenaza inminente, son escenas que se graban a fuego en la memoria y nos recuerdan la fragilidad de la vida.
La reconstrucción de los hechos, minuto a minuto, aumenta la indignación. Mientras algunos de los secuestradores retenían a Angie a punta de pistola, otros subían al primer piso donde se encontraba el padrastro de Lyan con un bebé en brazos. El ruido del altercado alertó al niño, quien salió de su habitación para encontrarse con la aterradora realidad. Obligado a subir al vehículo, Lyan desapareció de la vista de sus padres, dejando un vacío insoportable.
Las autoridades, tras arduas investigaciones, han identificado a los responsables como miembros del grupo criminal liderado por Jaime Martínez, una disidencia de Iván Mordisco. Se ha ofrecido una recompensa de 4.450.000.000 de pesos por información que conduzca a la captura de los criminales y al rescate de Lyan. La cifra, si bien considerable, no puede compensar el daño infligido a esta familia y a la sociedad en su conjunto.
La plegaria de Angie Bonilla, desgarradora y llena de amor maternal, resuena en cada rincón del país. "Respeten su vida", suplica a los captores, con la voz entrecortada por el llanto. "Este dolor es inmenso, indescriptible. Es la muerte en vida, la pérdida de un hijo sin saber en qué condiciones está". Sus palabras son un grito desesperado que nos interpela a todos.
La comunidad de Jamundí, conmovida por la tragedia, se ha unido en torno a la familia Hortúa Bonilla. Velas encendidas, marchas pacíficas y mensajes de solidaridad inundan las calles, manifestando el rechazo unánime a este acto de barbarie. La esperanza de que Lyan regrese pronto a casa, sano y salvo, se mantiene viva. La espera, sin embargo, se hace cada vez más larga y dolorosa. Cada minuto que pasa es una puñalada en el corazón de una madre que solo anhela volver a abrazar a su hijo.
¿Hasta cuándo tendremos que presenciar este tipo de atrocidades? ¿Cuándo entenderemos que la vida de un niño es sagrada e inviolable? El caso de Lyan Hortúa es un llamado a la reflexión, una invitación a construir una sociedad más justa y segura para nuestros niños. Una sociedad donde la violencia no tenga cabida y donde la infancia pueda florecer en paz. Mientras tanto, la espera continúa, acompañada por la angustia y la incertidumbre, pero también por la firme convicción de que la justicia prevalecerá y Lyan volverá a casa.
Fuente: El Heraldo de México