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21 de mayo de 2025 a las 09:25

El Teatro de la Guerra: Trump, Putin y la Paz como Espectáculo

La resonancia de la guerra en Ucrania ya no se limita al estruendo de los tanques ni al silbido de los misiles. Ha penetrado las altas cúpulas del Vaticano, las volátiles redes sociales de Donald Trump y, sorprendentemente, el teléfono personal de Vladimir Putin. Sí, Trump ha conversado con Putin, pero no amparado en la legitimidad de una coalición occidental, ni siquiera como representante de una nación. Lo ha hecho con la impronta que caracteriza su regreso al poder: unilateralmente, sin intermediarios y con una audacia que desafía los protocolos. No hubo comunicados oficiales, ni el sello de la ONU o la Unión Europea. Fue Trump, en solitario, y la noticia, en lugar de filtrarse por los canales diplomáticos habituales, se viralizó en la red, como una chispa en un polvorín informativo.

Este acto no es un hecho aislado. Desde su regreso, Trump ha coqueteado con la idea de erigirse como un pacificador global. Lo insinuó tímidamente en el complejo escenario de Medio Oriente, lo escenificó con una teatralidad casi grotesca con Corea del Norte, y ahora, con una audacia que roza la temeridad, se abalanza sobre el conflicto más emblemático del siglo XXI: la guerra en Ucrania.

Sin embargo, la llamada en sí misma es menos relevante que el contexto en el que se produce. El Vaticano, con su aura de santidad y neutralidad, ha sido propuesto como escenario para una eventual negociación de paz. Y no es casual. Durante las exequias del Papa Francisco, Trump y Zelenskyy protagonizaron un encuentro fugaz, pero cargado de simbolismo, digno de una tragedia shakespeariana: un presidente asediado por la guerra, otro acosado por su propio legado, ambos rodeados por el silencioso murmullo de las sotanas, el implacable ojo de las cámaras y una atmósfera preñada de expectativa. Ningún foro internacional ha logrado condensar tanta significación en tan pocos minutos.

Pero la elección del Vaticano trasciende lo meramente espiritual. Se trata de una jugada geopolítica magistral. Trump busca mediar al margen del sistema establecido, con una audiencia global y sin la interferencia de diplomáticos. El Vaticano, al ofrecer su escenario, recupera su antiguo rol: el del actor neutral, que no participa directamente en el conflicto, pero mueve las fichas con sutileza y precisión.

Mientras el mundo ensaya nuevas coreografías de poder, algunos actores permanecen en la sombra. Ni en el funeral del Papa Francisco, ni en la primera misa del nuevo pontífice, León XIV, se percibió una presencia significativa del Estado mexicano. Solo una carta, entregada discretamente por la secretaria de Gobernación, extendiendo una invitación al Papa para visitar el país. Una carta desprovista de voz, de contexto, de postura. Como si la política exterior fuera un trámite burocrático más. México parece ignorar su propio peso, su potencial influencia. Desconoce lo que deja de ser cuando se ausenta del escenario internacional.

La pregunta crucial, entonces, no es si Trump logrará un alto al fuego. La pregunta es: ¿qué tipo de sistema legitimamos si lo consigue? Un sistema donde las guerras se negocian en funerales, donde la paz deja de ser un proceso para convertirse en un espectáculo mediático, donde el poder no requiere consensos, sino la atención de las cámaras. En esta nueva era, el liderazgo no se construye con tratados y acuerdos, sino con gestos grandilocuentes que se disfrazan de historia. La diplomacia ya no se mide en resultados tangibles, sino en índices de audiencia. Cuando la paz se convierte en una puesta en escena, no se firma con tinta, sino con la aprobación del público. Y en este nuevo teatro internacional, la autoridad no se hereda, se actúa. El último en salir, que apague la luz.

Fuente: El Heraldo de México