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21 de mayo de 2025 a las 23:35

Descubren la Pirámide de la Luna: ¿Cerro o maravilla?

El polvo del olvido se cernía sobre Teotihuacán, la ciudad de los dioses. Imaginen, amigos lectores, un paisaje a principios del siglo XX donde la imponente Pirámide del Sol, hoy majestuosa y desnuda ante nuestros ojos, no era más que un montículo cubierto de tierra y vegetación, confundida con los cerros que la circundaban. Difícil de creer, ¿verdad? Pues así era. La grandeza de una civilización olvidada yacía sepultada, esperando pacientemente el momento de su resurrección.

El año de 1910 se acercaba a pasos agigantados. México se preparaba para celebrar el centenario de su Independencia, un momento crucial en su historia. El gobierno de Porfirio Díaz, consciente de la importancia de la ocasión, buscaba dejar un legado imborrable. Obras monumentales como el Palacio de Comunicaciones y el majestuoso Palacio de Relaciones Exteriores se erigían como símbolos del progreso. Pero, en medio de este fervor por la modernidad, una voz susurraba desde el pasado.

Justo Sierra, el entonces Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, un hombre de visión y profundo amor por la historia de México, comprendió que la verdadera grandeza de una nación reside en sus raíces. Volvió su mirada hacia Teotihuacán, ese enigma arqueológico que dormía bajo un manto de tierra y misterio. Y en Leopoldo Batres, pionero de la arqueología en nuestro país, encontró al hombre indicado para desenterrar los secretos de la ciudad de los dioses.

La tarea encomendada a Batres no era sencilla. No se trataba simplemente de excavar, sino de rescatar del olvido una parte fundamental de la identidad mexicana. En 1905, Batres y su equipo iniciaron los trabajos de exploración. Imaginen la escena: un grupo de hombres, armados con herramientas rudimentarias, enfrentándose a la inmensidad de la tarea. No eran los primeros en aventurarse en Teotihuacán; nombres ilustres como Carlos de Sigüenza y Góngora y Lorenzo Buturini ya habían intentado descifrar sus misterios. Sin embargo, la magnitud del desafío seguía siendo abrumadora.

Las fotografías de la época nos muestran la magnitud del reto. Campesinos sentados en la cima de la Pirámide del Sol, rodeados de vegetación, sin imaginar la grandeza que se ocultaba bajo sus pies. Nopaleras y arbustos creciendo sobre montículos de piedra, ocultando la magnificencia de la Pirámide de la Luna. Una imagen que nos transporta a un tiempo en el que el pasado y el presente se entrelazaban de forma casi surrealista.

Las dudas, como era de esperar, asaltaban a Justo Sierra. ¿Qué encontraría Batres bajo tierra? ¿Estructuras definidas que revelaran la forma original de las pirámides, o simplemente montículos de tierra sin forma arquitectónica, como sugería Humboldt? La incertidumbre se cernía sobre el proyecto.

Sin embargo, la convicción de Batres y la fe de Justo Sierra en la importancia del proyecto eran inquebrantables. Sierra le prometió a Batres todo el apoyo del gobierno de Díaz, siempre y cuando creyera posible descubrir y restaurar las edificaciones en los cinco años que faltaban para el centenario de la Independencia. Un desafío contra reloj, una carrera contra el tiempo para rescatar del olvido un tesoro invaluable. El destino de Teotihuacán, la ciudad de los dioses, estaba en manos de Leopoldo Batres y su equipo. ¿Lograrían desenterrar la grandeza de una civilización perdida y mostrarla al mundo en el momento culminante de las celebraciones del centenario? La historia, como sabemos, les daría la razón. Pero en aquel entonces, la incertidumbre era el pan de cada día. La magnitud de la tarea era inmensa, y el tiempo, un enemigo implacable.

Fuente: El Heraldo de México