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21 de mayo de 2025 a las 09:30

Descubre la magia de la neblina

La escena, grabada a fuego en la memoria, nos muestra a un hijo enfrentando a su padre, la voz quebrada por el reproche: "¿Por qué escapaste de esa jaula y me abandonaste?". Las palabras, impregnadas del aroma acre del alcohol, flotan en el aire cargado de tensión, un eco de la cita postergada, de las promesas incumplidas. Como en Elegy, de Isabel Coixet, el alcohol se convierte en el anestésico predilecto del alma, el bálsamo que adormece el dolor y permite, aunque sea por un instante, la liberación de los pensamientos cautivos. Padre e hijo, dos figuras solitarias en el vasto escenario de la vida, seguirán sus caminos, cargando el peso de la infelicidad compartida. Los restos de lo que alguna vez fue una familia se disipan como el humo del cigarrillo después de la última calada. No hay espacio para la reinvención, para un nuevo comienzo. Solo la resignación ante un futuro teñido de ausencias.

Alicia Dorey, en su Elogio de la ebriedad, nos invita a una profunda reflexión sobre la compleja relación del ser humano con el alcohol. A través de sus páginas, nos asomamos a los abismos y las cumbres de la experiencia etílica. El lector, como un testigo silencioso, acompaña al bebedor en su viaje pendular entre la euforia desbordante y el sonambulismo; entre la alegría efímera y el reproche amargo; entre la sorpresa ingenua y la desilusión lacerante. La ebriedad, nos dice Dorey, es una forma de evasión, un mecanismo de sublimación de la tristeza. Una "resistencia frente a la locura productiva", una válvula de escape ante las presiones de un mundo que exige rendimiento constante, un mundo que nos empuja al estajanovismo, a trabajar hasta el agotamiento en busca de una medalla, una estrella en la frente, un premio efímero, una estatua que nos recuerde, como en Rebelión en la granja, la futilidad de nuestros esfuerzos.

Dorey nos coloca frente al espejo de nuestra propia dualidad, ante la eterna batalla entre la lucidez y la locura, la sobriedad y la fantasía, el pasmo y el asombro. ¿Quién no ha presenciado, o incluso experimentado, la confusión del día después, el interrogante angustiante: "¿Cómo llegué?", "¿Qué hice?". La autora describe con maestría esa guerra interna, ese "circo romano donde la indulgencia y la culpa se enfrentan sin armadura". La mente, convertida en un campo de batalla, revive los fantasmas de la noche anterior. Pero también existe la negación, el borrón y cuenta nueva, la autoamnistía expresada en ese mensaje enviado a las 3:52 de la madrugada: "Si no me acuerdo es porque no existe". Una frase que resume la fragilidad de la memoria, la necesidad de olvidar para poder seguir adelante, la búsqueda desesperada de un refugio en la amnesia, aunque sea temporal. El alcohol, en última instancia, se convierte en un espejo que refleja nuestras propias contradicciones, nuestras vulnerabilidades y nuestra incesante búsqueda de sentido en un mundo que a menudo parece carecer de él.

Fuente: El Heraldo de México