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20 de mayo de 2025 a las 09:30

Libros que te volarán la cabeza

La pluma de Samanta Schweblin, afilada como un bisturí, disecciona la cotidianeidad con una precisión quirúrgica que nos deja sin aliento. No necesita invocar espectros ni criaturas fantásticas para desestabilizarnos, para recordarnos lo frágil que es la realidad, lo fácil que se desmorona bajo el peso de lo no dicho, de lo reprimido. En El buen mal, su último conjunto de relatos, Schweblin nos sumerge en un universo donde la amenaza acecha en los rincones más comunes, en la sombra de un secreto guardado, en la tensión de una sonrisa forzada.

Un simple favor a un desconocido, la mirada esquiva de un ser querido, el silencio que se extiende como una grieta en la comunicación familiar… Estos son los gérmenes de la catástrofe, las pequeñas fisuras por donde se cuela lo inquietante, lo siniestro. No hay necesidad de artificios sobrenaturales; la realidad, con su carga de ambigüedad y misterio, es lo suficientemente perturbadora.

Schweblin no nos presenta monstruos con colmillos ni fantasmas encadenados, sino personajes que son, en sí mismos, un enigma. Seres dislocados, fracturados, que se mueven como sonámbulos por un mundo que no terminan de comprender. Víctimas de una incomunicación que va más allá de las palabras, que se instala en lo más profundo de su ser, como una herida invisible. La disonancia entre lo que piensan y lo que sienten, entre lo que dicen y lo que callan, crea una atmósfera de constante extrañamiento, de inquietante incertidumbre.

Los personajes de El buen mal parecen habitar una realidad paralela, un universo ligeramente desplazado del nuestro, donde las reglas del juego son diferentes, más sutiles, más perversas. Nos miran con ojos perdidos, buscando una conexión que se les escapa, una comprensión que nunca llega. Y nosotros, como lectores, nos vemos reflejados en esa búsqueda, en esa incapacidad de descifrar el código secreto de las relaciones humanas.

Al terminar el libro, queda una sensación de desasosiego, de perplejidad. Nos damos cuenta de que, a pesar de la proximidad física, a pesar de los lazos afectivos, seguimos siendo islas. La comprensión plena del otro, de sus motivaciones, de sus miedos, de sus anhelos, sigue siendo un territorio inexplorado. Schweblin no nos ofrece respuestas, sino preguntas. Nos invita a cuestionar la solidez de nuestras certezas, la aparente normalidad de nuestras vidas.

Y ahí reside, precisamente, la magia de su escritura. En su capacidad para desestabilizarnos, para hacernos dudar, para obligarnos a mirar con otros ojos, a pensar con otra mente, a sentir con otro cuerpo. Como un espejo deformante, El buen mal nos devuelve una imagen distorsionada de nosotros mismos, una imagen que nos incomoda, que nos interpela, que nos obliga a preguntarnos: ¿quiénes somos realmente? ¿Qué se esconde detrás de la máscara de la cotidianidad?

La literatura, como bien nos recuerda Schweblin, es un ejercicio de empatía radical. Es la posibilidad de calzarnos los zapatos del otro, de caminar un trecho en su piel, de sentir el peso de sus dolores y la alegría de sus esperanzas. Y aunque ese viaje nos deje con una sensación de "algo nuevo y doloroso en el pecho", como confiesa el autor de la reseña, también nos permite descolocarnos de nosotros mismos, mirarnos desde una perspectiva diferente, con una nueva lucidez. Y quizás, solo quizás, a través de esa mirada ajena, podamos empezar a comprendernos un poco mejor.

Fuente: El Heraldo de México