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19 de mayo de 2025 a las 23:45

Familiares en la Heroica Escuela Naval de Veracruz

La angustia se respiraba en el aire salado de Antón Lizardo. Familias enteras, con la mirada fija en el horizonte, aguardaban el regreso de sus hijos, los cadetes del Buque Escuela Cuauhtémoc. La alegría de verlos cumplir sus sueños, de surcar los mares representando a México, se había transformado en una pesadilla repentina. El accidente en Nueva York, un eco lejano que resonaba con fuerza en cada corazón veracruzano, había dejado una herida profunda. Dos jóvenes vidas truncadas, una de ellas, América Yamilet, hija de Xalapa, la capital que hoy la llora. Veintidós más luchaban por recuperarse, algunos con pronósticos reservados, mientras sus familias se aferraban a la esperanza.

Constantino Salas Méndez, con el rostro marcado por la preocupación, esperaba ansioso el regreso de su hijo Luis Andrés. El viaje desde Nautla, en el norte del estado, se había hecho eterno. Las horas transcurrían lentamente, cargadas de incertidumbre. ¿Estaría su hijo entre los heridos? ¿Entre los fallecidos? La sola idea le helaba la sangre. Recordaba con nostalgia la última vez que lo vio, a finales de abril, despidiéndose con la promesa de un pronto reencuentro. Una promesa que el destino, caprichoso e implacable, había puesto en duda. La breve llamada telefónica, la confirmación de que Luis Andrés estaba bien, había sido un bálsamo para su alma atormentada. Un respiro en medio de la tempestad.

La tarde avanzaba y la tensión crecía. Se esperaba la llegada de los restos de los fallecidos, el doloroso regreso a casa de quienes ya no podrían abrazar a sus familias. Un homenaje se preparaba en la Escuela Naval, un tributo a la valentía y el sacrificio de estos jóvenes marinos. La llegada del resto de la tripulación, 172 cadetes y varios oficiales, sería un momento agridulce, la alegría del reencuentro mezclada con el dolor por la ausencia irreparable.

Dos cadetes permanecían en Nueva York, bajo atención médica especializada, luchando por su vida. La distancia agrandaba la angustia de sus familias, que seguían con atención cada informe médico, cada pequeño avance. Mientras tanto, en Xalapa, la familia de América Yamilet preparaba un altar en su honor. La joven cadete, que cumplía con su deber en uno de los mástiles del buque en el momento del accidente, regresaría a casa envuelta en la bandera nacional. El dolor de su pérdida se extendía por toda la ciudad, un manto de tristeza que cubría las calles de la capital veracruzana. Su velorio, en la colonia Emiliano Zapata, sería un desgarrador adiós. El entierro, programado para el martes en el panteón Bosques del Recuerdo, cerraría un capítulo doloroso en la historia de esta familia.

La gobernadora Rocío Nahle García, conmovida por la tragedia, expresó sus condolencias a las familias afectadas. Sus palabras, cargadas de pesar, reflejaban el sentimiento de todo un estado que compartía el dolor por la pérdida de estos jóvenes que soñaban con surcar los mares y servir a su país. El accidente del Buque Escuela Cuauhtémoc, un símbolo de orgullo nacional, había dejado una profunda cicatriz en el corazón de Veracruz. Una cicatriz que, con el tiempo, se transformará en un recordatorio imborrable del sacrificio y la entrega de estos jóvenes marinos.

Fuente: El Heraldo de México